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Las pinturas rupestres


Planteamiento

Las pinturas rupestres es un tipo de arte prehistórico realizado por los hombres prehistóricos, que demuestran que el hombre, desde su origen en la Tierra es capaz de realizar obras de arte en las paredes de las cavernas que habitaba. También se realizó pintura sobre cantos rodados, escultura, cerámicas decoradas y objetos ornamentales.

Las pinturas rupestres en las paredes de las cavernas, en las que se representan seres humanos y animales, puede ser encontrada en todos los continentes de la Tierra. Parece que todos los grupos humanos al pasar por la fase de cazadores recolectores crearon este tipo de trabajo plástico duradero en el que expresan la especial relación que tenían con las criaturas de su entorno y con sus deidades. Los motivos y materiales de las distintas pinturas rupestres del mundo tienen un parecido entre sí, a pesar de haber sido realizados a miles de kilómetros de distancia y a miles de años de diferencia.

El dato más antiguo que se posee sobre el conocimiento de estas pinturas procede de José Mariano Rothea, misionero en San Ignacio de 1759 a 1768, que conocía algunos de las grandes pinturas rupestres de la Baja California. En el caso de Europa el primer hallazgo de este tipo de pinturas se realizó en la Cueva de Altamira en Santillana del Mar (Cantabria) en 1879 siendo el autor del descubrimiento Marcelino Sanz de Sautuola quien lo realizó casualmente. Tras comunicar el hallazgo no fue creído y se le tuvo por un impostor. Sin embargo, años después se realizaron descubrimientos similares en suelo francés y el hallazgo de Sautuola fue póstumamente aceptado. La cercanía de estas zonas (la cornisa cantábrica española y el sur de Francia) y otras características compartidas (estilísticas, técnicas, cronológicas, de ubicación…) han permitido en Europa englobar estas pinturas bajo la denominación de «Escuela franco-cantábrica». En 1907, Juan Cabré Aguiló descubrió unas pinturas de ciervos en la Roca de los Moros de Calapatá (Teruel), de un estilo diferente de las pinturas de Altamira.

En las pinturas sobre las paredes de las cavernas, pintura rupestre, cabe distinguir varias tendencias o escuelas. Una de ellas es la tradicionalmente llamada francocantábrica que se desarrolla en Europa, especialmente en territorio francés y al Norte de la Península Ibérica, hasta puntos muy occidentales de Asia.

Su estilo es muy variado, se representan desde contornos e impresiones de manos a figuras de animales, primero en formas sencillas, siluetas en negro de caballos, bisontes, ciervos y otras especies propias de la fauna del entorno (mamuts, jabalíes, rinocerontes, elefantes, etc.), a veces también grabados en la roca.

Después, el sentido artístico se va perfeccionando y las figuras no sólo se perfilan, sino que también se decoran en su interior con un profundo sentido naturalista (variedad cromática, sentido del volumen, movimiento). Las figuras, aunque se yuxtaponen sobre la pared, no forman escenas, en las que casi nunca aparece la figura humana, en cambio es muy frecuente la aparición de signos y símbolos, que se relacionan con el carácter mágico-religioso que se les atribuye a estas manifestaciones artísticas primitivas, como rituales realizadas para propiciar la caza.

La pintura rupestre puede entenderse como un rito mágico-religioso que busca favorecer la captura de los animales, imprescindibles para la alimentación y la subsistencia, como individuos aislados y como especie.

Las obras maestras de la pintura en el Paleolítico se encuentran en España en la Cueva de Altamira y en Francia las cuevas de Lascaux y Trois Frères. En una fecha muy posterior, más relacionadas con las transformaciones climáticas surgidas en el Mesolítico, aparecen en el sur de Europa nuevas culturas que dan lugar a nuevas tendencias pictóricas.

Paleolítico

Las muestras más primitivas de arte rupestre están constituidas por huellas de manos cercadas con trazos rojos, ocres, negros o amarillos; series de puntos, de discos; ejecución de simples siluetas, seguidas luego de dibujos lineales. Todo ello realizado todavía con tintas planas. La evolución paulatina de este arte condujo al apogeo pictórico de la época magdaleniense caracterizado por el triunfo de la policromía y el naturalismo, así como por el aumento de temas y obras realizadas.

No obstante, una característica de la pintura del Paleolítico es la ausencia casi absoluta, salvo muy contadas excepciones, de la figura humana. Lo que sí existe es la representación de figuras antropomorfas vagamente insinuadas, siendo también frecuentes los dibujos de trampas, líneas y signos tectiformes (al que se le supone un significado y tienen forma de techo o cabaña).

Mesolítico y Neolítico

Durante en Mesolítico y el Neolítico ha de tenerse en cuenta el profundo cambio de las relaciones sociales: descubrimiento de la agricultura, la ganadería y la cerámica y la vida sedentaria y urbana.

Las primeras muestras de este nuevo arte fueron descubiertas en España (1907) en el Barranco de Calapatá (Teruel), seguidas luego de nuevos hallazgos en las provincias del levante español, desde Lérida a Almería.

Estas pinturas levantinas se encuentran siempre a plena luz del día, en abrigos naturales de fácil acceso. Nunca aparecen en cavernas obscuras y difíciles de descubrir. Destacan, entre otros, los abrigos de la provincia de Lérida (El Cogul), Tarragona (Morella la Vella), Teruel (Val del Charco del Agua Amarga), Castellón (Valltorta), Valencia (Araña) y Albacete (Alpera).

En la iconografía de estas pinturas, las imágenes nunca aparecen aisladas, y la figura humana se convierte en el centro y eje de las distintas composiciones pictóricas, verdaderas escenas que apenas tienen algo que ver con las representaciones mágico-religiosas de la pintura paleolítica franco-cantábrica. Las diferentes escenas de los abrigos levantinos revelan, asimismo, la existencia de un nuevo tipo de población, con actividades y modos de vida distintos. Incluso la fauna en ellas representada pertenece a un clima más cálido. El norte de Europa (Noruega, Suecia, Finlandia y norte de Rusia) tiene las mismas características, en líneas generales.

Son escenas de un extraordinario valor narrativo, realizadas, además, con un intenso dinamismo vital, exagerando incluso los rasgos de movimiento. Repetidas veces se representan las luchas entre distintos bandos de arqueros, o las movidas y dinámicas escenas de caza, carreras de arqueros, danzas y escenas relacionadas con la agricultura y ganadería.

Al final de Neolítico aparece en la península ibérica otro importante ciclo artístico, independiente de los anteriores y conocido como «arte esquemático».

Características

La pintura rupestre suele aparecer en el interior de cuevas que, por los restos hallados, parecen no haber sido utilizadas para otro fin. Es decir, una especie de santuarios o lugares solo usados para pintar, de ahí que se defienda su carácter de pintura con fines mágico-religiosos. El tema representado es la fauna de la época, fauna existente en la zona previamente a las glaciaciones, como bisontes, caballos, ciervos y renos. Nunca aparece la figura humana, con la excepción de algunas siluetas de manos. Es una pintura naturalista porque trata de representar las figuras con un dibujo fiel y una policromía adecuada (negros, rojos, ocres…); con frecuencia se aprovechan los abombamientos de las paredes rocosas para pintar en ellos y dotar de relieve a las figuras, que aparecen yuxtapuestas, una al lado de otras, incluso encima de otras, sin formar escenas.

Interpretación

Resulta difícil llegar a un acuerdo sobre la finalidad de estas pinturas. Existen dos tipos de interpretaciones: la defendida por Breuil, para quién se trata de magia simpática o propiciatoria y la propugnada por Leroi-Gourhan, ligada a ritos de iniciación.

Para Breuil su objetivo es propiciar la caza. El hecho de que no aparezca la figura humana y que los animales a veces se representen aseateados es un indicio de que se trata de asegurar el éxito de las batidas de caza, como ha ocurrido con los aborígenes australianos u otros pueblos hasta nuestros días o hasta hace poco.

La tesis de Breuil fue rechazada por Leroi-Gourhan objetando que los animales representados en las zonas preferentes de las cuevas (caballos y bisontes), no eran objeto principal de los cazadores paleolíticos cuya actividad se centraba en renos y ciervos, apareciendo representados éstos en lugares secundarios. Así pues para Leroi-Gourhan estas cuevas serían santuarios apartados de los campamentos donde se celebraban ritos de paso de la adolescencia a la edad adulta, en la que los animales pintados debieron responder a un patrón, en el que équidos y bóvidos representaban los masculino y lo femenino, es decir, los dos principios opuestos que dan vida al Universo.

No obstante, la tesis de Leroi-Gourhan también presenta lagunas, puesto que en muchas cuevas distintas especies animales están mezcladas sin jerarquía, por lo que aún no se ha encontrado una explicación plenamente convincente y el debate continúa.

Albert Einstein


Albert Einstein sigue siendo una figura mítica de nuestro tiempo; más, incluso, de lo que llegó a serlo en vida, si se tiene en cuenta que su imagen, en condición de póster y exhibiendo un insólito gesto de burla, se ha visto elevada a la dignidad de icono doméstico, junto a los ídolos de la canción y los astros de Hollywood.

Sin embargo, no son su genio científico ni su talla humana los que mejor lo explican como mito, sino, quizás, el cúmulo de paradojas que encierra su propia biografía, acentuadas con la perspectiva histórica. Al Einstein campeón del pacifismo se le recuerda aún como al «padre de la bomba»; y todavía es corriente que se le atribuya la demostración del principio de que «todo es relativo» a él, que luchó encarnizadamente contra la posibilidad de que conocer la realidad significara jugar con ella a la gallina ciega.

Albert Einstein nació en la ciudad bávara de Ulm el 14 de marzo de 1879. Fue el hijo primogénito de Hermann Einstein y de Pauline Koch, judíos ambos, cuyas familias procedían de Suabia. Al siguiente año se trasladaron a Munich, en donde el padre se estableció, junto con su hermano Jakob, como comerciante en las novedades electrotécnicas de la época.

El pequeño Albert fue un niño quieto y ensimismado, que tuvo un desarrollo intelectual lento. El propio Einstein atribuyó a esa lentitud el hecho de haber sido la única persona que elaborase una teoría como la de la relatividad: «un adulto normal no se inquieta por los problemas que plantean el espacio y el tiempo, pues considera que todo lo que hay que saber al respecto lo conoce ya desde su primera infancia. Yo, por el contrario, he tenido un desarrollo tan lento que no he empezado a plantearme preguntas sobre el espacio y el tiempo hasta que he sido mayor».


Albert Einstein en 1947

En 1894, las dificultades económicas hicieron que la familia (aumentada desde 1881, por el nacimiento de una hija, Maya) se trasladara a Milán; Einstein permaneció en Munich para terminar sus estudios secundarios, reuniéndose con sus padres al año siguiente. En el otoño de 1896, inició sus estudios superiores en la Eidgenossische Technische Hochschule de Zurich, en donde fue alumno del matemático Hermann Minkowski, quien posteriormente generalizó el formalismo cuatridimensional introducido por las teorías de su antiguo alumno. El 23 de junio de 1902, empezó a prestar sus servicios en la Oficina Confederal de la Propiedad Intelectual de Berna, donde trabajó hasta 1909. En 1903, contrajo matrimonio con Mileva Maric, antigua compañera de estudios en Zurich, con quien tuvo dos hijos: Hans Albert y Eduard, nacidos respectivamente en 1904 y en 1910. En 1919 se divorciaron, y Einstein se casó de nuevo con su prima Elsa.

Durante 1905, publicó cinco trabajos en los Annalen der Physik: el primero de ellos le valió el grado de doctor por la Universidad de Zurich, y los cuatro restantes acabaron por imponer un cambio radical en la imagen que la ciencia ofrece del universo. De éstos, el primero proporcionaba una explicación teórica, en términos estadísticos, del movimiento browniano, y el segundo daba una interpretación del efecto fotoeléctrico basada en la hipótesis de que la luz está integrada por cuantos individuales, más tarde denominados fotones; los dos trabajos restantes sentaban las bases de la teoría restringida de la relatividad, estableciendo la equivalencia entre la energía E de una cierta cantidad de materia y su masa m, en términos de la famosa ecuación E = mc², donde c es la velocidad de la luz, que se supone constante.


Einstein con Elsa, su segunda esposa

El esfuerzo de Einstein lo situó inmediatamente entre los más eminentes de los físicos europeos, pero el reconocimiento público del verdadero alcance de sus teorías tardó en llegar; el Premio Nobel de Física, que se le concedió en 1921 lo fue exclusivamente «por sus trabajos sobre el movimiento browniano y su interpretación del efecto fotoeléctrico». En 1909, inició su carrera de docente universitario en Zurich, pasando luego a Praga y regresando de nuevo a Zurich en 1912 para ser profesor del Politécnico, en donde había realizado sus estudios. En 1914 pasó a Berlín como miembro de la Academia de Ciencias prusiana. El estallido de la Primera Guerra Mundial le forzó a separarse de su familia, por entonces de vacaciones en Suiza y que ya no volvió a reunirse con él.

Contra el sentir generalizado de la comunidad académica berlinesa, Einstein se manifestó por entonces abiertamente antibelicista, influido en sus actitudes por las doctrinas pacifistas de Romain Rolland. En el plano científico, su actividad se centró, entre 1914 y 1916, en el perfeccionamiento de la teoría general de la relatividad, basada en el postulado de que la gravedad no es una fuerza sino un campo creado por la presencia de una masa en el continuum espacio-tiempo. La confirmación de sus previsiones llegó en 1919, al fotografiarse el eclipse solar del 29 de mayo; The Times lo presentó como el nuevo Newton y su fama internacional creció, forzándole a multiplicar sus conferencias de divulgación por todo el mundo y popularizando su imagen de viajero de la tercera clase de ferrocarril, con un estuche de violín bajo el brazo.

Durante la siguiente década, Einstein concentró sus esfuerzos en hallar una relación matemática entre el electromagnetismo y la atracción gravitatoria, empeñado en avanzar hacia el que, para él, debía ser el objetivo último de la física: descubrir las leyes comunes que, supuestamente, habían de regir el comportamiento de todos los objetos del universo, desde las partículas subatómicas hasta los cuerpos estelares. Tal investigación, que ocupó el resto de su vida, resultó infructuosa y acabó por acarrearle el extrañamiento respecto del resto de la comunidad científica.


Einstein tocando el violín, una de sus aficiones favoritas

A partir de 1933, con el acceso de Hitler al poder, su soledad se vio agravada por la necesidad de renunciar a la ciudadanía alemana y trasladarse a Estados Unidos, en donde pasó los últimos veinticinco años de su vida en el Instituto de Estudios Superiores de Princeton, ciudad en la que murió el 18 de abril de 1955.

Einstein dijo una vez que la política poseía un valor pasajero, mientras que una ecuación valía para toda la eternidad. En los últimos años de su vida, la amargura por no hallar la fórmula que revelase el secreto de la unidad del mundo hubo de acentuarse por la necesidad en que se sintió de intervenir dramáticamente en la esfera de lo político. En 1939, a instancias de los físicos Leo Szilard y Paul Wigner, y convencido de la posibilidad de que los alemanes estuvieran en condiciones de fabricar una bomba atómica, se dirigió al presidente Roosevelt instándole a emprender un programa de investigación sobre la energía atómica.

Luego de las explosiones de Hiroshima y Nagasaki, se unió a los científicos que buscaban la manera de impedir el uso futuro de la bomba y propuso la formación de un gobierno mundial a partir del embrión constituido por las Naciones Unidas. Pero sus propuestas en pro de que la humanidad evitara las amenazas de destrucción individual y colectiva, formuladas en nombre de una singular amalgama de ciencia, religión y socialismo, recibieron de los políticos un rechazo comparable a las críticas respetuosas que suscitaron entre los científicos sus sucesivas versiones de la idea de un campo unificado.

 

Miguel de Cervantes



Miguel de Cervantes Saavedra

BIOGRAFÍA

El insigne escritor, gloria de las letras españolas, nació el 29 de septiembre de 1547 en Alcalá de Henares (Madrid). Cuarto hijo del cirujano Rodrigo de Cervantes y de Leonor de Cortinas. Cuando contaba 4 años de edad se trasladó con su familia a Valladolid, ciudad donde estaba afincada la corte del rey de España, Felipe II. En el año 1561 la corte fue trasladada a Madrid, en donde la familia Cervantes se traslada también. Poco se sabe de los estudios que cursara Miguel en su infancia y adolescencia, pero no parece que fueran los que hoy llamamos universitarios. Se sabe que asistió a un colegio de jesuitas pero se ignora la ciudad, aunque se sospecha que fue durante su estancia en Valladolid. Ya en Madrid, parece ser que fue maestro suyo Juan López de Hoyos, destacado literato de la época. Con poco más de veinte años se fue a Roma al servicio del cardenal Acquaviva. Recorrió Italia, se enroló en la Armada Española y en 1571 participó con heroísmo en la batalla de Lepanto, “la más grande ocasión que vieron los siglos”. En la batalla de Lepanto, que es donde comienza el declive del poderío turco en el Mediterráneo, formaban el frente cristiano: la marina española; el estado del Vaticano; y el estado de Venecia. Allí fue en donde Cervantes, a consecuencia de un disparo de arcabuz recibido en el pecho y en el brazo izquierdo, perdió gran parte de la movilidad de éste, por lo que fue llamado el Manco de Lepanto.

El 26 de septiembre de 1575, cuando regresaba a España, los corsarios asaltaron su barco en la desembocadura del río Ródano, le apresaron y llevaron a Argel, donde sufrió cinco años de cautiverio. Cervantes quedó libre después de que unos frailes trinitarios pagaran por él un rescate, el 19 de septiembre de 1580. A su regreso a Madrid encontró a su familia en la ruina. Cuando contaba 37 años de edad se casa en Esquivias (Toledo) con Catalina de Salazar y Palacios, de 19 años; arruinada también su carrera militar, intenta sobresalir en las letras. Y publica la novela La Galatea”(1585) y lucha, sin éxito, por destacar en el teatro. Sin medios para vivir, es destinado a Andalucía como comisario de abastos y recaudador de impuestos para la Armada Invencible. Allí acaba en la cárcel, acusado de irregularidades en sus cuentas. También fue excomulgado por tres veces ante el intento de cobrar a la iglesia los impuestos que ésta estaba obligada a satisfacer.

En 1605 publica la primera parte del Quijote; el éxito dura poco. En 1606 regresa a Madrid, en donde vive con apuros económicos y se entrega a la creación literaria. En sus últimos años publica las Novelas ejemplares” (1613), el Viaje del Parnaso” (1614), Ocho comedias y ocho entremeses”(1615) y la segunda parte del Quijote (1615). El triunfo literario no lo libró de sus penurias económicas. Dedicó sus últimos meses de vida a Los trabajos de Persiles y Segismunda” (de publicación póstuma, en 1617). Murió en Madrid el 23 de abril de 1616 y fue enterrado de caridad.

Cervantes centró sus primeros afanes literarios en la poesía y el teatro, géneros que nunca abandonaría. Su obra poética abarca sonetos, canciones, églogas, romances, letrillas y otros poemas menores dispersos o incluidos en sus comedias y en sus novelas. También escribió dos poemas mayores:Canto de Calíope (incluido en La Galatea”) y Viaje del Parnaso” (1614). La valoración de su poesía se ha visto perjudicada por ir incluida dentro de casi todas sus novelas, por la celebridad alcanzada como novelista en prosa e incluso por su propia confesión en este famoso terceto que figura enViaje del Parnaso”:

Yo, que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo.

Aunque en otras ocasiones se enorgullece de sus versos, en su tiempo no logró ser reconocido como poeta.

Tampoco tuvo mejor suerte en el teatro, por el que se sintió atraído desde joven; al regreso del cautiverio llegó a estrenar con éxito varias comedias, pero tampoco sus contemporáneos lo aceptaron como dramaturgo. Cervantes, con una concepción clásica del teatro, tuvo que soportar el triunfo arrollador de Lope de Vega (su eterno rival) en la escena española.

De la primera época (1580-1587), anterior al triunfo de Lope de Vega, se conservan dos tragedias: El trato de Argel” y La destrucción de Numancia”. A la segunda época pertenecen las Ocho comedias y ocho entremeses” (1615). Las comedias son El gallardo español”; “La casa de los celos y selvas de Ardenia”; “Los baños de Argel”; “El rufián dichoso”; “La gran Sultana doña Catalina de Oviedo”; “El laberinto de amor”; “La entretenidaPedro de Urdemalas”.. Y los entremeses: El juez de los divorcios”; ” El rufián viudo”; ” La elección de los alcaldes de Daganzo”; ” La guarda cuidadosa”; ” El vizcaíno fingido”; ” El retablo de las maravillas”; ” La cueva de Salamanca”; “El viejo celoso”.

En la prosa narrativa Cervantes empezó escribiendo una novela pastoril que fue su primer libro publicado, con el título de Primera parte de La Galatea” (1585) aunque nunca hubo una segunda parte. Entre 1590 y 1612 Cervantes fue escribiendo una serie de novelas cortas que, después del reconocimiento obtenido con la primera parte del Quijote en 1605, acabaría reuniendo en 1613 en la colección de Novelas ejemplares”.

Es posible que Cervantes empezara a escribir el Quijote en alguno de sus varios periodos de encarcelamiento a finales del siglo XVI, pero casi nada se sabe con certeza. En el verano de 1604 estaba terminada la edición de la primera parte, que se publicó a comienzos de 1605 con el título de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”; el éxito fue inmediato. Luego en Tarragona, en el año 1614 aparecía la publicación apócrifa escrita por alguien oculto en el seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda, quien acumuló en el prólogo insultos contra Cervantes. Alguno de sus biógrafos apunta a su eterno rival y enemigo Lope de Vega, como la persona que se ocultaba tras el seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda. Cervantes llevaba muy avanzada la segunda parte de su inmortal novela, pero acuciado por el robo literario y por las injurias recibidas, hubo de darse prisa para la publicación de su segunda parte que tituló El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha” y apareció en 1615; por ello, a partir del capítulo LIX, no perdió ocasión de ridiculizar al falso Quijote y de asegurar la autenticidad de los verdaderos don Quijote y Sancho. En 1617 las dos partes se publicaron juntas en Barcelona. Y desde entonces el Quijote se convirtió en uno de los libros más editados del mundo y, con el tiempo, traducido a todas las lenguas con tradición literaria.

Aunque la verdadera y merecida fama, le viene a Miguel de Cervantes por su inmortal novela de don Quijote de la Mancha y por otras novelas de menor repercusión, traemos a esta página web una escogida selección de poesías de las que casi todas ellas han sido extraídas de sus obras en prosa más conocidas. Con esto intentamos dar a conocer también la dimensión de gran poeta del Siglo de Oro español, que por derecho le corresponde, y al que en su tiempo fue galardonado con los apelativos popularmente otorgados de “Fénix de los Ingenios” y “Príncipe de las Letras Españolas”.

Números Primos


En matemáticas, un número primo es un número natural que tiene exactamente dos divisores naturales distintos: él mismo y el 1.

Euclides demostró alrededor del año 300 a. C. que existen infinitos números primos. Se contraponen así a los números compuestos, que son aquellos que tienen algún divisor natural aparte de él mismo y del 1. El número 1, por convenio, no se considera ni primo ni compuesto.

Los números primos del conjunto de los naturales menores que cien son los siguientes: 2, 3, 5, 7, 11, 13, 17, 19, 23, 29, 31, 37, 41, 43, 47, 53, 59, 61, 67, 71, 73, 79, 83, 89 y 97.

La propiedad de ser primo se denomina primalidad, y el término primo se puede emplear como adjetivo. A veces se habla de número primo impar para referirse a cualquier número primo mayor que 2, ya que éste es el único número primo par. A veces se denota el conjunto de todos los números primos por \mathbb{P}.

El estudio de los números primos es una parte importante de la teoría de números, la rama de las matemáticas que comprende el estudio de los números naturales. Los números primos están presentes en algunas conjeturas centenarias tales como la hipótesis de Riemann y la conjetura de Goldbach. La distribución de los números primos es un tema recurrente de investigación en la teoría de números: si se consideran números individuales, los primos parecen estar distribuidos aleatoriamente, pero la distribución «global» de los números primos sigue leyes bien definidas.

Cosmos, Carl Sagan


Aqui tienen un vídeo suyo, “El Calendario Cósmico”.

Ricardo Corazón de León


Ricardo I apodado “Corazón de León” (1157-1199) nació en Oxford en 1157, era el tercer hijo del rey Enrique II y de Leonor de Aquitania.

En 1189 asumió el reinado de Inglaterra y poco tiempo después debió partir hacia Tierra Santa en la Tercera Cruzada, la que fue un fracaso, especialmente debido a desavenencias entre Ricardo I y el monarca francés Felipe II Augusto, hijo de Luis VII.

En 1191 ejecutó a 2.700 prisioneros de guerra musulmanes. A la vez mostraba un valor personal que mantuvo su imagen legendaria.

El rey de Inglaterra guerreó contra Saladino, sultán de Egipto y Siria, hasta que llegaron a acordar que Jerusalén quedara en sus manos.

De regreso a Inglaterra, Ricardo fue capturado por el duque de Austria y entregado al emperador alemán Enrique IV. En 1194 logró la liberación tras pagar un alto rescate. Volvió a su tierra y sometió a su hermano Juan Sin Tierra (posterior rey de Inglaterra) quien -durante su ausencia- había estado conspirando con Felipe para usurpar el trono inglés.

En 1194 confió el gobierno de Inglaterra a Hubert Walter, arzobispo de Canterbury, y se dirigió a Francia para combatir contra el monarca francés.

Las luchas continuaron durante cinco años. Fue logrando la victoria en las batallas pero recibió una herida mortal de flecha  en 1199.

(Fragmentos de “Robin Hood”)

Como estaba previsto, tras la muerte del rey Enrique de Plantagenet subió al trono su hijo mayor, Ricardo I, conocido con el sobrenombre de Corazón de León por su nobleza y valentía.


Entre las primeras medidas que tomó Ricardo Corazón de León, en aras de una mayor igualdad entre sus súbditos, estaba la estricta prohibición de infligir castigos corporales a los siervos, tratados como verdaderos esclavos, y la libertad de caza en los bosques, hasta ahora privilegio de los normandos.
El rey Ricardo, con su bondad y su carácter conciliador, hizo cicatrizar las heridas abiertas entre los dos pueblos. Todos lo aceptaron para que fuera el rey de todos. Odios y rencillas parecieron quedar adormecidos en un profundo sueño.
Pero Ricardo Corazón de León pasaría poco tiempo en su país. Así, tuvo que acudir a la llamada del papa Clemente III para participar en la Tercera Cruzada, con el fin de liberar Jerusalén, en manos del musulmán Saladino.
El rey, antes de su partida, tuvo grandes dudas.
-¿Cómo voy a ausentarme de Inglaterra durante tanto tiempo, y precisamente ahora, cuando más me necesitan mis súbditos? -se lamentaba.
Mas su deber como rey cristiano, su deseo de lucha contra los infieles y el sincero mensaje recibido del Papa ofreciéndole la dirección de la Cruzada, hicieron que Ricardo tomara finalmente la decisión de partir hacia Tierra Santa.
-¡Conquistaré Jerusalén. Se la arrebataré a los infieles! -decía con absoluta seguridad el rey.
Durante su ausencia ocuparía el trono su hermano Juan I, conocido como Juan sin Tierra.
-Partid tranquilo, hermano mío. Aquí me encontraréis a vuestra vuelta y aquí encontraréis vuestro amado reino -dijo Juan sin Tierra a Ricardo en el momento de su marcha.
-Gracias, hermano. Sé que puedo confiar en vos. Sé que gobernaréis como yo lo haría y que cuidaréis de nuestros súbditos. Me voy tranquilo porque sé que Inglaterra queda en buenas manos.
Y, seguido de su séquito, Ricardo Corazón de León abandonó, quién sabe por cuántos años, su querida Inglaterra.
Juan sin Tierra, en muy poco tiempo, acabó con los importantes logros de su hermano. Sembró de nuevo la desconfianza y resurgió la discordia. Su crueldad y avaricia volvieron a abrir el abismo entre sajones y normandos.
Estaba convencido de que los normandos eran una clase superior y de que sólo a ellos les correspondía el poder.
La sed de venganza parecía el único móvil que empujaba a quien regentaba el destino de Inglaterra.
-No podemos seguir tolerando las continuas revueltas de los sajones -dijo Juan sin Tierra.
El barón que había manifestado públicamente su disconformidad con las palabras del príncipe era sir Percy Oswald, quien abandonó la sala inmediatamente.
Sir Percy Oswald no estaba de acuerdo con las ideas del príncipe Juan. Pensaba que lo peor para Inglaterra era volver a los tiempos de crueldad y enfrentamientos que, afortunadamente, habían sido ya superados.
Pero Juan sin Tierra no estaba dispuesto a aceptar ninguna opinión que no coincidiera con la suya. Y por ese motivo, sir Percy Oswald quedó automáticamente fuera de su círculo de confianza.
Durante uno de los frecuentes encuentros entre Edward Fitzwalter y Richard At Lea, los dos nobles se confesaron su preocupación por los rumores que corrían acerca del príncipe Juan.
-No parece que vaya a seguir los pasos de su hermano -dijo Richard At Lea a su amigo.
-El rey Ricardo fue demasiado bondadoso al confiar en su hermano -repuso Edward Fitzwalter-. De todas formas, el príncipe Juan no se atreverá a ir contra las medidas adoptadas por el rey.
-Ojalá que así sea, Edward. Pero se me ocurre una cosa. El príncipe no ignora que no simpatizamos con él. Quiero proponerte que, si a ti o a mí nos ocurriera algo, el otro iría a hacérselo saber al rey a Tierra Santa.
-De acuerdo, Richard.
No transcurrió mucho tiempo sin que se confirmaran los temores que se habían confesado los dos nobles sajones.
El príncipe Juan, apoyado por un grupo de incondicionales normandos, comenzó a romper las normas que había dictado su hermano.
Inglaterra parecía dirigirse hacia un trágico destino en el que sólo se oyera el lenguaje de las armas.
El príncipe Juan comenzaba a contar con un buen número de adeptos, muchos de ellos sajones. La mayoría de los caballeros reclutados lo había sido a cambio de dinero contante y sonante, o bien con la promesa de ser fuertemente recompensados con tierras y privilegios.
Éste era el caso de los hermanos Robert y Hugo de Reinault, Guy de Gisborne, Arthur de Hills y tantos otros. Todos ellos fueron capaces de traicionar a su legítimo rey, a su pueblo, a sus amigos y compañeros, incluso a sí mismos, exclusivamente por dinero y poder.
Había pasado mucho tiempo desde que Ricardo Corazón de León partiera a las Cruzadas. Inglaterra había cambiado mucho bajo la regencia del príncipe Juan y no se tenían noticias del rey.
Cuando todos pensaban que habría muerto en la lucha contra los infieles, se supo que el legítimo rey de Inglaterra estaba vivo, aunque prisionero del rey Enrique de Alemania.
Ricardo Corazón de León fue detenido por soldados de Leopoldo de Austria y posteriormente entregado al rey alemán. En el momento de su detención iba acompañado de su buen amigo el príncipe David de Huntington, futuro rey de Escocia, conocido como sir Kenneth.
Sir Kenneth intentó defender a su rey y cayó gravemente herido. Los soldados austríacos prendieron a Ricardo y abandonaron a su amigo, dándolo por muerto.
Sin embargo, sir Kenneth se salvó gracias a un campesino que lo encontró y lo llevó a su choza, donde se restableció por completo.
Consciente de la gravedad del asunto, sir Kenneth, nada más recuperarse, centró todos sus esfuerzos en conseguir la liberación del rey Ricardo. Por ello, se dirigió a Roma para interceder ante el Sumo Pontífice.
Allí se enteró de que Ricardo no estaba en Austria, sino en Alemania, y que el rey Enrique había pedido un fuerte rescate por su liberación.
En efecto, a la corte inglesa había llegado un mensaje del rey alemán en el que se daba cuenta del cautiverio de Ricardo Corazón de León y de la suma exigida para su puesta en libertad.
Juan sin Tierra, ante la reina madre y la esposa de su hermano, declaró que pondría todo su empeño en recaudar fondos, por medio de más impuestos, para salvar a Ricardo, ya que las arcas del reino no disponían de esa exorbitante cantidad.
-Yo venderé mis joyas, Juan -dijo la reina madre-, para restituir en su trono al legítimo rey de Inglaterra. En cuanto a la recaudación de impuestos, sólo te pido que no se haga recaer todo el esfuerzo sobre los humildes. Son los señores, normandos y sajones, los que más deben y pueden aportar
Toda Inglaterra condenó sin reservas la acción del rey alemán. En general, la gente del pueblo fue la que se sintió más afectada. Veía alejarse la posibilidad de que cambiara su situación con la vuelta del buen rey.
Comenzó por todo el país la recaudación de impuestos en favor de Ricardo Corazón de León. Era la gente humilde la que pagaba con mayor satisfacción. Sentía que colaboraba con una causa justa. Tenía la certeza de que su suerte cambiaría si se conseguía la liberación del rey.
Se logró recoger una suma respetable entre los impuestos y la venta de las joyas de la reina. Aun así, no se alcanzaba la cantidad exigida por el rey Enrique.
Juan sin Tierra, reunido con sus incondicionales, no tenía dudas sobre los pasos que se habían de dar.
-Se seguirán recaudando impuestos en favor de mi hermano, pero ese dinero jamás llegará al rey alemán. Ricardo no conseguirá nunca su libertad.
Pasó el tiempo y la gente empezó a cansarse de pagar tributos bajo el pretexto de liberar al rey. Había un hecho claro: el rey seguía cautivo. El príncipe Juan no daba explicaciones a nadie y existían serias dudas sobre sus verdaderas intenciones.
La reina madre comenzó a dudar de la labor que estaba realizando el príncipe para liberar al rey. Algunos rumores que habían llegado a sus oídos y su propia intuición le decían que Juan sin Tierra prestaría un flaco servicio al desdichado Ricardo.
Así pues, mandó a lady Edith que viajara a Escocia y esperara allí a su prometido David de Huntington, del que desconocían su paradero.
-Quizá desde Escocia tengáis que prestarnos ayuda si Juan llega a usurpar la corona a su hermano -dijo la reina madre-. Berengaria permanecerá conmigo a la espera de acontecimientos.
Mientras tanto, David de Huntington, sir Kenneth, consiguió que el Papa mediara ante el rey Enrique para que Ricardo Corazón de León fuese liberado.
El rey alemán recibió una dura reprimenda del Pontífice y no pudo negarse a obedecer El rey de Inglaterra quedó libre a pesar de que su propio hermano había intentado evitarlo.
A los pocos días, Ricardo y sir Kenneth se reunían emocionados en Roma.
Tras un efusivo abrazo, el rey pidió a su amigo que le contara todo lo que supiera de Inglaterra,
-Majestad, envié a un mensajero y tengo noticias recientes. La reina madre y vuestra esposa se encuentran bien. Vuestra prima Edith me espera en Escocia. . .
-Espléndido. Todo son buenas noticias -interrumpió Ricardo.
-Siento, señor, tener que daros otras no tan buenas. Nada, nada buenas -dijo sir Kenneth con tristeza-. Habréis de saber que vuestro hermano se ha repartido con sus hombres de confianza el dinero recaudado para vuestro rescate.
-Entonces, ¿he sido liberado sin haber satisfecho las condiciones que exigía el rey Enrique?
-En efecto, así es. Gracias a la intervención papal.
-Continuad, sir Kenneth, os lo ruego. Me interesa saber todo lo que ocurre en mi añorada Inglaterra.
-Majestad, en todo este tiempo que lleváis fuera, los abusos del príncipe y sus barones han hecho que proliferen de nuevo las revueltas. Incluso existe una banda de proscritos que ataca constantemente a los intereses de vuestro hermano. Se oculta en el bosque de Sherwood y el jefe es conocido como Robin Hood.
-¿Robin Hood? ¿No será Robin Fitzwalter? -preguntó el rey extrañado.
-Creo que es él, señor.
-¡El hijo del conde de Sherwood! ¡El amigo de Richard At Lea! ¡Dos caballeros de gran lealtad hacia mi persona! ¿Qué puede haber ocurrido para que Robin esté actuando fuera de la ley?
-La ley, señor, ha dejado de existir en Inglaterra. Lo único que importa es el interés personal del príncipe y sus hombres de confianza.
-Sir Kenneth, nadie debe saber que he sido liberado. Regresaré a Inglaterra de incógnito para conocer por mí mismo lo que está ocurriendo.
-Me parece una sabia decisión, majestad. Os acompañaré.
-Gracias, amigo. Pero vos iréis a Escocia y seréis coronado rey. Tal vez necesite de vuestra ayuda.
-No es así exactamente, Robin. Escúchame ahora con mucha atención. Yo soy el rey Ricardo Corazón de León.
Robin quedó estupefacto al oír aquellas palabras. Hincó sus rodillas en el suelo y emocionado besó la mano de su añorado rey.
-Ahora soy yo el que necesita vuestra ayuda, Robin. Convoca a tus hombres.
Robin salió de su choza y llamó a los suyos. Al momento, todos rodearon a Robin y su acompañante.
Robin tomó la palabra y, conteniendo su excitación, dijo:
-Amigos, hoy es un gran día. El día más feliz de todos los que llevamos aquí. Tenéis ante vosotros al gran rey Ricardo.
La multitud estalló en aplausos. Los vítores a Ricardo I de Plantagenet parecían no tener fin. Las lágrimas en los rostros manifestaban el hondo sentir de todos los presentes.
-He tenido la oportunidad de comprobar lo que todos habéis sacrificado por mí y os aseguro que, cuando recupere mi trono, dejaréis de ser proscritos y se os restituirá lo que hayáis perdido. Ahora tengo que pediros un último favor: que me acompañéis a Londres a recuperar lo que me pertenece. El rey de Escocia está en camino y se unirá a nosotros allí. Yo iré con vosotros.
-Será un gran honor acompañaros, majestad -dijo Robin.
Al día siguiente, Robin Hood y sus hombres, con el rey Ricardo a la cabeza, emprendieron la marcha hacia Londres.
El príncipe Juan había sido advertido de que las tropas escocesas se acercaban a la ciudad. Todo estaba dispuesto para repeler la ofensiva del rey escocés David de Huntington, sir Kenneth.
Cuando los dos ejércitos estaban a punto de enfrentarse en combate, Juan sin Tierra observó que su retaguardia se veía amenazada por un numeroso grupo de hombres armados.
-Señor, es la banda de Robin Hood -dijo uno de los vigías.
-Nos dividiremos. Atacaremos a la vez en los dos frentes. Somos suficientes para obtener la victoria -dijo el príncipe Juan.
El gran ejército de Juan sin Tierra se separó en el acto, dispuesto a librar la batalla. Pero, apenas unos minutos después, el príncipe Juan observó que de las filas de los soldados de Sherwood se adelantaba un caballero perfectamente armado.
-¡Detened el combate! -gritó el extraño caballero.
-¿Por qué tenemos que obedecer esa orden? -preguntó indignado Juan sin Tierra.
-Porque soy el rey Ricardo. Vuestro hermano.
En ese momento, en medio de un silencio sepulcral, Ricardo Corazón de León desmontó de su caballo y, despojándose del casco, dejó al descubierto su inconfundible rostro.
Todos lanzaron vivas al rey, unidos en un único clamor que se elevaba hasta el cielo.
-Perdonadme, hermano -dijo el príncipe Juan-. Cómo iba yo a sospechar que vos. . . Pensé que se trataba de otro ataque de Robin Hood… Que el rey de Escocia lo apoyaba…
-¡Cuántos errores habéis cometido, Juan! Os dejé un reino en paz. Confié en vos… Me legáis un país insatisfecho, enfrentado. Desde este instante quedáis desterrado.
A Ricardo Corazón de León se le humedecieron los ojos. Se sentía decepcionado, traicionado por su propio hermano. Nunca debió dejar el reino en sus manos.
Juan sin Tierra, acompañado de un reducido séquito, partió hacia sus posesiones en Bretaña. Pensaba que ya nunca volvería a Inglaterra, que en ese momento terminaba su papel en la monarquía inglesa.
El rey Ricardo abrazó y felicitó a Robin y sir Kenneth, ya rey de Escocia. Con ellos y junto a hombres sajones, normandos y escoceses desfiló triunfal por las calles de Londres. Poco después abrazaba a su querida esposa y a la reina madre.
Todo el país festejó la vuelta de su rey. Ricardo Corazón de León proclamó la igualdad entre normandos y sajones, y reintegró sus bienes a los desposeídos. Los barones normandos aprobaron estas medidas, cansados ya de tantos años de lucha.
Robin Hood fue nombrado conde de Nottingham y le fue restituido el título y la herencia legados por su padre.
Los miembros de la banda de Robin volvieron a las tareas que un día tuvieron que abandonar en pos de la justicia y de una existencia pacífica. Algo que habían logrado, después de tanto tiempo, gracias a la vuelta del buen rey.
El rey Ricardo nombró consejero de la corona a Robin Hood. Muy pronto necesitó oír sus opiniones sobre un grave asunto: una posible declaración de guerra a Francia. El rey francés no cesaba en sus instigaciones, y el buen rey inglés había presentado ya una protesta formal en la corte francesa. Si Felipe de Francia se disculpaba, el asunto quedaría olvidado. Si no era así, Ricardo Corazón de León, por dignidad personal y de su monarquía, no tendrá más remedio que luchar contra el país vecino.
Las gestiones diplomáticas ante el rey Felipe fracasaron y Ricardo I se vio en la obligación de declararle la guerra.
Robin quería acompañar a su rey en aquella campaña. Pero el rey no aceptó el ofrecimiento.
-Permaneceréis aquí, Robin. Mi esposa será la regente, y vos, su consejero más cercano. Necesito que me proporcionéis todos los hombres que podáis para nutrir mi ejército.
-Lo que ordenéis, majestad.
Pocos días después, Ricardo Corazón de León partía hacia Francia. Aquella guerra inspiraba a Robin muchos temores. Sentía miedo por la vida del rey de Inglaterra.
Las primeras noticias sobre la campaña fueron esperanzadoras. Se cosecharon grandes victorias. Las tropas inglesas estaban eufóricas. En Inglaterra, la alegría era desbordante.
Pero los avatares del destino hicieron que una flecha hiriera mortalmente al rey Ricardo en el asalto a una fortaleza. Los soldados ingleses retiraron el cuerpo de su rey del campo de batalla y emprendieron la retirada. La trágica noticia sumió en el más profundo dolor a todo el pueblo de Inglaterra.
Tras los funerales del rey Ricardo, se reunió el consejo de la corona. La línea dinástica tenía continuidad en el hermano del rey, en Juan sin Tierra, ya que Ricardo I no había tenido descendencia. A pesar de las pocas simpatías con las que contaba el príncipe Juan dentro del consejo, ninguno de sus miembros manifestó voluntad por cambiar el orden sucesorio. Así, Juan sin Tierra fue proclamado rey de Inglaterra.
La primera medida del nuevo rey fue cesar de forma fulminante a todos los miembros del consejo de la corona. Precisamente a aquellos hombres que, por lealtad a la monarquía, lo habían entronizado. Éstos fueron sustituidos por sus amigos más íntimos.
Apenas un mes después de su coronación, Juan sin Tierra abolía todos los privilegios y libertades decretados por su hermano. Deseaba un poder sin límites.
Esto provocó fuertes protestas. La mayoría de los nobles se rebeló contra las medidas del rey, quien sólo favorecía a sus adeptos más cercanos.
A causa de las revueltas y para que fuera acatada su autoridad, el nuevo rey decidió confiscar los feudos de la nobleza y publicar una larga lista de proscritos. Entre ellos se encontraba, por supuesto, el conde de Nottingham.

Los Vikingos


La época vikinga es el nombre dado al periodo histórico en Escandinavia y su área de influencia en Europa, tras la edad de hierro germánica, entre los años 789 y 1100. Durante el cual, los vikingos -guerreros y comerciantes escandinavos- atacaron y exploraron la mayor parte de Europa, del sudoeste de Asia, de África norteña y de norteamérica nororiental.

Consideraciones históricas

En Inglaterra, la Edad Vikinga comienza el 8 de junio de 793, con el saqueo de la abadía de Lindisfarne, conocida en el continente. Los monjes fueron asesinados, arrojados al mar o llevados como esclavos como parte del botín. Tres barcos vikingos habían arribado a la Bahía de Portland tres años antes, pero lo más probable es que se tratase de una expedición comercial. Lindisfarne fue distinto. La devastación de Northumbria conmocionó y alertó a las cortes reales de Europa. Este suceso, formó una imagen de los vikingos que se ha mantenido durante los siguientes doce siglos. No fue hasta la década de los noventa del siglo XIX, que los historiadores de fuera de Escandinavia, empezaron a reconsiderar su concepción de los vikingos, reconociendo sus habilidades en el arte, la tecnología y como marineros.

Hasta el reinado de la reina Victoria, los vikingos eran representados como gentes violentas y sedientas de sangre. Las crónicas de la Inglaterra medieval, siempre los han retratado como “rapaces lobos entre ovejas”. Durante el siglo XIX, la percepción popular cambió. En 1920, un casco alado fue presentado como una figura del radiador de un modelo de coche de la marca Rover. Esto supuso la rehabilitación cultural de los Vikingos en Gran Bretaña.

Los primeros cambios de muchas imágenes anti-vikingas comenzaron en el siglo XVII. Ediciones de eruditos sobre la Era Vikinga llegaban a algunos lectores en Gran Bretaña. Los arqueólogos comenzaron a excavar en busca del pasado vikingo en Inglaterra. Los lingüistas investigaron para buscar expresiones y proverbios rurales de origen vikingo. Los diccionarios de lengua nórdica antigua, permitieron a los victorianos conocer las primeras sagas islandesas.

En Escandinavia Thomas Bartholin y Ole Worm, los eruditos daneses del siglo XVII y Olaf Rudbeck en Suecia, fueron los primeros en establecer las normas para el uso de inscripciones rúnicas y Sagas islandesas como fuentes. En la segunda mitad del siglo XVIII, las sagas islandesas eran usadas todavía como una fuente histórica importante, pero la era vikinga era recordada como un periodo bárbaro e incivilizado en la historia de los países noruegos. Hasta hace poco, la historia de la era vikinga estaba basada en gran parte por las sagas islandesas, la historia de los daneses (escrita por Saxo Grammaticus), la crónica de Néstor y crónica de la guerra de los irlandeses contra los extranjeros. Todavía unos pocos estudiosos consideran estas fuentes fiables, aunque los historiadores de hoy en día confían más en la arqueología y la numismática, disciplinas que han hecho valiosas contribuciones para entender este periodo.

Fondo histórico

Los vikingos que viajaron al este y al oeste de Europa fueron esencialmente daneses, noruegos, y suecos. También se establecieron en Islandia, Groenlandia y (brevemente) América del Norte.

Se cree que Dinamarca fue poblada por pueblos germánicos, procedentes de lo que hoy es Suecia, en los siglos V y VI. Su lengua llegó a ser la lengua materna de las actuales lenguas escandinavas. En el año 800, una fuerte autoridad central parece haber sido establecida en Jutlandia, y los daneses comenzaron a emigrar de su país para establecerse, comerciar o saquear.

Noruega había sido habitada durante siglos por pueblos germánicos procedentes de Dinamarca y Suecia que formaron comunidades de agricultores y pescadores establecidas alrededor de la costa y lagos. Los territorios montañosos y los fiordos formaron fronteras naturales y las comunidades permanecieron independientes unas de otras, al contrario que en Dinamarca. Para el año 800, existían en Noruega treinta pequeños reinos sin importancia.

El mar era la vía de comunicación entre los reinos noruegos y el mundo exterior. Fue en el siglo VIII cuando se empezaron a construir barcos de guerra y a enviarlos en expediciones de saqueo, iniciando así la Era Vikinga, pero las gentes del norte eran colonizadores, comerciantes y exploradores además de saqueadores.

Antes del año 1000, sucesos concernientes a los suecos están ocultos. Se sabe que existían dos tribus en tiempos de los romanos: los sajones al norte y los godos al sur.

Posibles causas de la expansión vikinga

La sociedad vikinga estaba basada en la agricultura y el comercio con otros pueblos y tenía un gran énfasis en el concepto del honor, bien en el combate o en el sistema judicial.

Se desconoce qué les llevó a la expansión y a la conquista, aunque se sabe que en aquella época hubo un periodo llamado Óptimo climático medieval y una Pequeña Edad de Hielo, que propiciaría que las gentes emigrasen ya fuera a colonizar o a saquear.

Con los medios de transporte con que contaban, desearon explorar y desarrollar relaciones comerciales en los territorios que exploraban. Se ha sugerido que los escandinavos sufrieron desiguales prácticas comerciales impuestas por el Cristianismo y que ello trajo finalmente la ruptura de las relaciones comerciales y de los saqueos. Los comerciantes británicos se declaraban abiertamente cristianos y no comerciarían con paganos e infieles, lo que les daría una preferencia entre los comerciantes cristianos. Un pueblo con una tradición de saquear a sus vecinos cuando su honor había sido ofendido, podía fácilmente saquear a sus vecinos que habían ofendido.

Los historiadores también sugieren que Escandinavia tuviera demasiada población como para disponer de alimento para todos. Esto daría lugar a buscar tierras para cultivarlas. A estas incursiones, durante este conflicto en Escandinavia, siguió la concentración progresiva del poder en unas pocas manos. Esto significó que las clases bajas que no querían permanecer ser oprimidas por reyes codiciosos emigraron en busca de tierras. Así, Islandia fue la primera República moderna con una asamblea, cuyos miembros eran elegidos, llamada Alþingi.

Visión histórica general

La mención más temprana de una incursión vikinga está fechada en el año 789 d.C. cuando, de acuerdo con la Crónica anglosajona, un grupo procedente de Noruega llegó a Portland, en Dorset. Allí, fueron tomados erróneamente por mercaderes por un funcionario real, a quien mataron cuando intentaba convencerles de que les acompañara a la casa del rey para pagar unos impuestos sobre sus productos.

El inicio de la Edad Vikinga en las Islas Británicas, se da en el año 793 con el saqueo del monasterio de Lindisfarne. En 794, de acuerdo con los Anales del Ulster, hubo un serio ataque a la abadía de Iona, al cual le siguió en el año 795, incursiones en la costa norte de Irlanda. Desde sus bases, fueron capaces de atacar Iona otra vez en el año 802.

El final de la Edad Vikinga, es tradicionalmente señalado en Inglaterra por el intento de invasión frustrado de Harald Hardraade, quien fue derrotado por el rey sajón, Harold II de Inglaterra, en 1066 en la Batalla del puente Stamford; en Irlanda, la captura de Dublín por Ricardo de Clare y sus tropas hiberno-normandas en 1171; y en 1263 en Escocia por la derrota del rey Haakon IV de Noruega, en la Batalla de Largs, por las tropas del rey Alejandro III de Escocia. Harold el sajón fue posteriormente derrotado por otro descendiente vikingo Guillermo, duque de Normandía (Normandía había sido adquirida por los vikingos en el año 911). Escocia tomó su forma geográfica actual cuando recuperó territorio de los normandos entre los siglos XIII y XV.

La definición tradicional no es la más aceptada entre la mayoría de los historiadores escandinavos y arqueólogos. En cambio, se cree que la Edad Vikinga habría terminado con el establecimiento de la autoridad real en los países escandinavos y con la proclamación del Cristianismo como religión oficial. La fecha, normalmente es puesta en los primeros años del siglo XI en todos los países escandinavos, pero en Dinamarca se discute que pudo ser antes y en Suecia más tarde.

El final de la Edad Vikinga en Noruega lo marcaría Magnus III de Noruega. Este monarca realizó dos invasiones a las Islas Británicas.

Los drakkares usados por los escandinavos eran ideales para navegar en aguas profundas o superficiales, y así llevar a guerreros, comerciantes y colonos a lo largo del litoral y los principales valles del noroeste de Europa. Los Rurik también se extendieron al este y en el año 859 fundaron la ciudad de Nóvgorod (que significa “nueva ciudad”) en el valle del río Volkhov. La dinastía Rurik, se movió más lejos fundando el primer estado eslavo oriental, Rus de Kiev, con la capital en Kiev, el cual perduró hasta la invasión mongola de 1240. Otro pueblo vikingo, procedentes de lo que ahora es Noruega y Suecia, continuaron por los ríos eslavos hasta el Mar Negro y desde allí a Constantinopla. Cada vez que estos barcos vikingos encallaban en aguas poco profundas, los llevaban tierra adentro hasta aguas más profundas.

El reino de los francos bajo Carlomagno fue particularmente atacado por los vikingos, los cuales navegaron el Sena. Cerca del final del reino de Carlomagno (y también durante los reinados de sus hijos y nietos), hubo una serie de ataques que poco a poco dieron lugar al establecimiento de escandinavos en la región conocida actualmente como Normandía.

En 911, el rey Carlos el Simple llegó a una acuerdo con el líder vikingo Hrolf Ganger a quien dio a él y sus descendientes el título de duque y las tierras de Normandía. Hrolf mostró fidelidad a Carlos, se convirtió al Cristianismo y defendió la región norte de Francia contra las incursiones de otros grupos vikingos. El resultado fue que, varias generaciones después, los normandos descendientes de aquellos colonos vikingos, no solo se identificaban como francos, sino que llevaron la lengua francesa y su variante de la cultura francesa a Inglaterra en 1066, después de la Invasión Normanda de Inglaterra, y llegaron a ser la aristocracia gobernante en la Inglaterra anglosajona.

Pero el fin de la época vikinga se sitúa en el año 1100 en todos los sitios, porque en ese año acabaron las incursiones vikingas.

Geografía

Hay varias teorías respecto a las causas de las invasiones vikingas. Para la gente que vivía a lo largo de la costa parecería natural buscar tierras navegando. Otra razón es que este periodo, Inglaterra, Gales e Irlanda, los cuales estaban divididos en reinos que se enfrentaban entre sí, eran débiles para oponerse, por lo que serían una presa fácil. Los francos, sin embargo, se habían defendido bien de sus ataques fortificando los puertos. Las ganas de aventuras también habrían podido ser otro factor. Una razón para las incursiones se cree que fue la superpoblación causada por los avances tecnológicos, como el uso del hierro. Aunque otra causa pudo haber sido la expansión de los francos por el sur de los territorios escandinavos y los consiguientes ataques a los pueblos vikingos. Otro posible factor que pudo contribuir, es que Harald Fairhair había unido a los pueblos de Noruega en aquel entonces y los guerreros contrarios a él que fueron desplazados no tendrían a donde ir, por lo que estos vikingos serían guerreros en busca de subsistencia y bases desde las que poder atacar a Harald. Una teoría que ha sido sugerida, es que los vikingos habrían establecido cultivos después del invierno y se irían a realizar sus incursiones, entonces volvían después a casa con su botín, para la cosecha. Llegaron a ser mercenarios errantes como sus primos celtas.

Un importante centro de comercio fue Hedebey, junto a la frontera con los francos, fue un importante cruce de caminos hasta su destrucción por los noruegos en una disputa interna, hacia el año 1050. York fue el centro del reino de Jórvík desde el año 866, y los hallazgos hechos allí, muestran que en el siglo X sus intercambios comerciales llegaban incluso más allá del Imperio bizantino, aunque bien pudieron ser importaciones, y no hay razón para suponer que los varegos viajaron realmente más allá del Imperio bizantino y el Mar Caspio.

Noroeste de Europa

Inglaterra

De acuerdo con la Crónica anglosajona, después de Lindisfarne en el 793, los vikingos siguieron una serie de pequeños ataques en Inglaterra. Los vikingos atacaron Inglaterra en el 793 y atacaron un monasterio cristiano que conservaba las reliquias de San Cuthbert. Los atacantes mataron a los monjes y capturaron cuanto había allí de valor. Este ataque fue considerado como el inicio de la Edad Vikinga. Hubo una gran violencia durante la última década del siglo VIII, en las costas norte y oeste de Inglaterra. Mientras los grupos de ataque eran pequeños, se creía que un ataque vikingo más grande sería complicado. Durante el invierno entre 840 y 841, los noruegos atacaron en invierno en vez de hacerlo en verano. Esperaban en una isla frente a Irlanda. En 865, un gran ejército de vikingos daneses, supuestamente liderados por Ivar, Halfdan y Guthrum, llegaron a la Anglia Oriental. Procedieron a adentrarse en Nortumbria y capturar York Jórvík, donde algunos de ellos se establecieron como granjeros. Muchos de los reinos ingleses, estando peleándose entre ellos, no pudieron plantar cara a los invasores, pero Alfredo el Grande logró mantener a los vikingos fuera de su reino. Alfredo y sus sucesores siguieron alejando a los vikingos de sus tierras y tomaron York. Una nueva oleada vikingos noruegos llegó a Inglaterra en el año 947, cuando Erik Hachasangrienta capturó York. La presencia vikinga continuó durante el rey danés Canuto el Grande. La presencia vikinga terminó en 1066.

Los vikingos no siempre lograron ganar fácilmente en sus incursiones. En una ocasión, en Inglaterra, una pequeña flota atacó un rico monasterio en Jarrow. Los vikingos se encontraron con una fuerte resistencia que los esperaba: acabaron con sus líderes, los incursores escaparon, solo tenían sus barcos embarrancados en Tynemouth y la tripulación había sido asesinada por la población local. Este fue uno de los últimos ataques en Inglaterra durante 40 años. Los vikingos centraron sus ataques en Escocia e Irlanda.

Irlanda

Los vikingos llevaron a cabo incursiones en Irlanda, centrándose en las ciudades de Cork, Dublín y Limerick. Los vikingos y escandinavos se asentaron y mezclaron con los irlandeses. La literatura, el arte y los estilos decorativos en Irlanda y Gran Bretaña están reflejados en la cultura escandinava. Los vikingos comerciaron en mercados irlandeses como Dublín. Las excavaciones realizadas hallaron tejidos procedentes de Inglaterra, Bizancio, Persia y Asia central. Dublín llegó a estar tan poblada, que en el siglo XI se construían las casas fuera de las murallas.

Los vikingos saquearon monasterios en la costa occidental de Irlanda en el 795 y entonces se dispersaron por el resto de la costa. El norte y este de la isla estuvo más afectado. Durante los primeros 40 años, los ataques fueron llevados a cabo por grupos pequeños y móviles. En el 830, los grupos consistían en grandes flotas de barcos vikingos. Desde entonces, comenzaron a establecerse en bases permanentes en la costa. Dublín fue el asentamiento más importante en mucho tiempo. Los irlandeses comenzaron a acostumbrarse a la presencia vikinga. En algunos casos, llegaron a ser aliados y en otros a casarse con ellos.

En el 832, una flota de 120 barcos vikingos atacó las costas norte y este de Irlanda. Algunos creen que este aumento del número de invasores coincidió con el deseo de los líderes escandinavos de controlar las rentables incursiones en las costas occidentales irlandesas. Durante la mitad de la década del 830, las incursiones empezaron a presionar más adentro de Irlanda; después del 840, los vikingos tenían varias bases situadas en puntos estratégicos situados por Irlanda.

En el 838, una pequeña flota vikinga subió por el río Liffey, al este de Irlanda. Los vikingos establecieron una base que los irlandeses llamaron longphort. Esta base, llegó a ser Dublín. También establecieron longphotrs en Corl, Limerick, Waterford y Wexford, por lo que podían navegar por los principales ríos y sus afluentes en diferentes áreas del país.

Batalla de Clontarf

Una de las principales batallas donde lucharon los vikingos fue la Batalla de Clontarf en 1014, donde los vikingos lucharon en los dos bandos, en el ejército del Alto Rey Brian Boru y el ejército que se le enfrentaba liderado por vikingos.

Escocia

Los vikingos habrían comenzado sus incursiones en lo que hoy es Escocia hacia el inicio del siglo VIII. Las menciones más tempranas conocidas de ataques mencionan la isla de Iona en el 794, el año siguiente al ataque a Lindisfarne.

En el 839, una gran flota entró por los ríos Tay y Earn que alcanzó al reino picto de Fortriu. Derrotaron a Eóganan mac Óengusa, rey de los pictos, a su hermano Bran y al ery de los escotos de Dalriada, Áed mac Boanta, junto con muchos miembros de la aristocracia picta.

En la mitad del siglo IX, los normandos se habían asentado en las islas Shetland, Orkney, Hébridas y Man y partes de Escocia.

Gales

Gales no fue tan colonizada como lo fue la parte este de Inglaterra. Sin embargo, los vikingos se asentaron en Haverfordwest y en la Península de Gower entre otros lugares. Algunos de los nombres que dieron a estos lugares fueron Skokholm, Skomer, y Swansea, permaneciendo hasta hoy como prueba de estos asentamientos vikingos. Sin embargo, no lograron someter a los reinos montañosos galeses.

Islandia

Los noruegos viajaron hacia el noroeste y oeste fundando asentamientos en las Islas Feroe, Shetland, Orkney, Islandia, Irlanda y Gran Bretaña. Aparte de Gran Bretaña e Irlanda, los vikingos fundaban asentamientos en tierras deshabitadas. De acuerdo con la saga de Erik el Rojo, cuando Erik se tuvo que exiliar de Islandia, marchó al oeste y fundó un asentamiento al que llamó “Greenland” (tierra verde), al que llevó colonos.

Groenlandia

Los asentamientos vikingos fueron establecidos en fiordos resguardados de las costas sur y oeste. Se asentaron en tres áreas separadas a lo largo de aproximadamente 650 kilómetros en la costa occidental:

  • Asentamiento occidental
  • Asentamiento central
  • Asentamiento oriental

Sur y Este de Europa

Los varegos migraron hacia el sur y el este a través de lo que hoy son Rusia y Ucrania, principalmente en los siglos IX y X. Ya fuera como comerciantes, piratas o mercenarios, recorrieron los ríos de Gardariki, llegando al Mar Caspio y Constantinopla.

Asentándose en Stáraya Ládoga, los colonos escandinavos probablemente fueron un elemento en la génesis del pueblo Rus, y probablemente tuvieron un papel importante en la formación del Jaganato de Rus. Los varegos están mencionados por vez primera en la Crónica de Néstor como receptores de tributo de las tribus eslavas y finesas en 859. Era la época de la expansión de los vikingos por el norte de Europa; Inglaterra empezó a pagar el Danegeld en 859, y los curonios de Grobin hicieron frente a la invasión de los suecos en el mismo año.

En 862, las tribus eslavas y finesas se rebelaron contra los varegos, empujándolos hacia el mar, hacia Escandinavia, pero pronto estallaron conflictos entre ellos. El desorden provocó que pidieran a los varegos que regresaran para que los gobernasen, trayendo así la paz a la región. Liderados por Rúrik y sus hermanos Truvor y Sineo, se asentaron en Nóvgorod.

En el siglo IX, los rus pusieron en marcha la ruta comercial del Volga, que conectaba el norte de Rusia con Oriente Medio. Como la ruta del Volga decayó a finales del siglo, rápidamente ganó popularidad la ruta de los varegos a los griegos.

Los historiadores occidentales tienden a estar de acuerdo con la Crónica de Néstor en que estos escandinavos fundaron la Rus de Kiev en el 880 y dieron su nombre a la región. Muchos eruditos eslavos se oponen a esta teoría de la influencia germana en el pueblo rus y han sugerido situaciones alternativas para esta parte de la historia europea oriental.

En contraste a la gran influencia en Normandía y las Islas Británicas, la cultura varega no sobrevivió mucho tiempo en el este. Las clases varegas dirigentes de las ciudades estado de Nóvgorod y Kiev fueron completamente eslavizadas a finales del siglo X.

Europa occidental

Francia

La región francesa de Normandía toma su nombre de los invasores vikingos que fueron llamados “Hombres del Norte” (“Nor” significaba Norte; “Mand”, Hombre; y la terminación “ia” era usualmente usada para designar a las tierras o zonas).

La primera incursión vikinga empieza entre los años 790 y 800, en la costa oeste de Francia, atacando en verano y pasando el invierno en Escandinavia. Varias áreas costeras se perdieron durante el reinado de Luís el Piadoso. Las incursiones causaron severos daños en Ruán y Jumièges. Los atacantes buscaban hacerse con los tesoros guardados en los monasterios, los cuales eran una presa fácil por la indefensión de los monjes para defenderse. Una expedición remontó el río Sena hasta llegar a París. Después del año 851, empezaron a establecerse en el valle bajo del Sena para pasar allí el invierno. Dos veces más en la década del 860 llegaron a París dejándola cuando conseguían suficiente botín del saqueo o recibían sobornos por parte de los reyes de la Dinastía Carolingia.

Los reyes carolingios adoptaron políticas contradictorias que causaron severas consecuencias. En el año 867 Carlos el Calvo firmó el Tratado de Compiègne, mediante el cual cedía la península de Contentin al rey bretón Salomón, con la condición de que jurase lealtad y luchase como aliado contra los vikingos. Sin embargo, en 911, el líder vikingo Hrolf Ganger forzó al rey Carlos el Simple a firmar el tratado de Tratado de Saint-Clair-sur-Epte, bajo el cual, le daba Ruán y la zona de la Alta Normandía a Hrolf Ganger, estableciéndose así el Ducado de Normandía. En cambio, le dio la palabra al rey de Francia de que sería su vasallo en 940, así como ser bautizado y defender los estuarios del Sena de los ataques vikingos.

Mientras, muchos edificios eran saqueados, quemados o destruidos, por los ataques vikingos, aunque probablemente esta perspectiva sea dada injustamente por los religiosos: ninguna ciudad fue completamente destruida. Por otro lado, muchos monasterios fueron saqueados y todas las abadías fueron destruidas. Sin embargo, las acciones de Hrolf Ganger y sus sucesores tuvieron el efecto de ocasionar una rápida recuperación.

La colonización escandinava se llevó a cabo por daneses, aunque hubo noruegos también y unos pocos suecos estuvieron presentes. La fusión de los escandinavos con la población nativa contribuyó a crear uno de los estados feudales más poderosos de Europa Occidental. La habilidad naval de los normandos les permitió conquistar Inglaterra, el sur de Italia y jugar un importante papel en las Cruzadas.

España

En el Reino de Asturias se tiene contacto con los vikingos por primera vez hacia el año 842, cuando una flota pasa por delante de la ciudad de Gijón. Así mismo, se habla en las crónicas de enfrentamientos del rey Ramiro, en los que salió victorioso. Su sucesor Ordoño y el de éste, Alfonso tuvieron que combatirles en otras ocasiones. Este último, hizo fortificar algunos puntos de la costa para mantener la vigilancia.

En Al-Ándalus, los cronistas árabes recogen los ataques de los vikingos que atacaron Cádiz y remontaron el río Guadalquivir, y posteriormente, atacar Sevilla.

Otros territorios

Norteamérica

Sobre el año 986, llegó a Norteamérica Bjarni Herjólfsson, Leif Ericson y Thorfinn Karlsefni desde Groenlandia. Un pequeño emplazamiento fue establecido al norte de la Isla de Terranova, cerca de L’Anse aux Meadows, pero los enfrentamientos con los habitantes nativos y las penosas condiciones en que se encontraron, les llevaron a decidir marcharse de allí.

Tecnología

Los vikingos contaban con los drakkares, tecnológicamente superiores; para los viajes comerciales contaban con otro tipo de barcos, el knarr más ancho y con más calado. Los vikingos fueron marineros competentes, expertos en la guerra tanto en tierra firme como en el mar, y a veces atacaban objetivos pobremente defendidos, con impunidad. La eficacia de estos ataques dio a los vikingos una fama de saqueadores y piratas, y los cronistas mostraron menos interés en otros aspectos de su cultura. Esto se acentuó por la ausencia de fuentes de documentación dentro de las propias comunidades vikingas. Y las primeras pruebas documentales están disponibles desde que las fuentes cristianas empezaron a contribuir.

Además de permitir a los vikingos viajar largas distancias, sus largos barcos les daban una cierta ventaja táctica en las batallas. Pudieron llevar a cabo ataques relámpago, en los cuales se acercaban rápidamente y de forma inesperada y después huían del lugar antes de que pudieran contraatacarles. A causa de su pequeño calado, un drakkar podía navegar por aguas poco profundas, permitiendo remontar los ríos y atacar lugares alejados de la costa en el interior. La velocidad que podían alcanzar también era prodigiosa para la época, estimada en un máximo de 14 o 15 nudos. El uso de estos barcos terminó cuando cambió el modo de construirlos empleando sierras en lugar de hachas. Esto llevó a una menor calidad de los barcos. Además al incrementarse de la centralización de los países escandinavos, el viejo sistema de Leidang (una forma de movilización de flota, donde cada comunidad tenía que enviar un barco y una tripulación) fue suspendido. Los astilleros del resto de Europa dejaron de usar drakkares para fines militares. En los siglos XI y XII, los barcos de guerra empezaron a ser construidos con una plataforma en popa para que los arqueros pudieran disparar.

Los logros náuticos de los vikingos fueron bastante excepcionales. Por ejemplo, hicieron mapas para los viajes en el mar tan exactos, que solo son diferentes un 2-4% con las medidas realizadas de un satélite moderno, incluso en largas distancias como cruzar el Océano Atlántico.

Hay un hallazgo conocido como «Lentes de Visby» de la isla de Gotland en Suecia, que posiblemente fueran componentes de un telescopio, más antiguo que el telescopio inventado en el siglo XVII.

Religión y arqueología

Al principio de la época vikinga, los vikingos estaban dentro del religión nórdica y sus creencias. Creían en dioses y diosas, además del Valhalla, un paraíso para los guerreros. Las clases más bajas de la sociedad irían a parar a un lugar llamado “hel”, similar a la vida en la tierra. De acuerdo con las creencias vikingas, los jefes complacerían a sus dioses guerreros demostrándoles a éstos su bravura. Ellos también llevaban a cabo enterramientos en tierra en los que se incluía un barco, armas, herramientas, comida, ropas, y esclavos o mujeres, que serían enterrados vivos con ellos, para ayudarles en su nueva vida en el Valhalla, en las aventuras en la otra vida. Luego se compondrían sagas relatando sus aventuras, manteniendo su memoria viva. Freyr y su hermana Freya eran dioses de la fertilidad, eran responsables de asegurar que las personas tuvieran hijos y los campos dieran abundantes cosechas. Algunos granjeros, incluso llamaban a sus campos Freya, para asegurarse de que las cosechas fueran buenas. Hacia el final de la época vikinga, más y más gentes se habían convertido al Cristianismo, y a veces (o principalmente) a la fuerza. la introducción del Cristianismo no puso fin inmediatamente a los viajes vikingos, pero sí fue un factor que contribuyó a que la época vikinga llegase a su fin.

Cristóbal Colón


Discusiones sobre su origen

Trazar un perfil biográfico de Cristóbal Colón, sobre todo durante los primeros años de su vida, plantea el problema de las incertidumbres y lagunas que aún hoy siguen existiendo. La biografía del Almirante está enmascarada por muchas atribuciones y supuestos hallazgos, imputables a la proyección histórica de su figura y del descubrimiento de América, además de la polémica que a lo largo del tiempo ha suscitado y las noticias confusas y contradictorias ofrecidas por su hijo Fernando, tal vez intentando reivindicar un origen noble para el descubridor.

Los indicios más verosímiles plantean que probablemente Cristóbal Colón nació en Génova, hacia 1450, en el seno de una familia de modestos menestrales, con intereses comerciales. Fue el mayor de los cinco hijos del matrimonio de Domenico Colombo y Susana Fontanarossa. Por el contrario, Salvador de Madariaga defiende que era converso, de ahí el intento de ocultar su origen; García de la Riega le atribuye un origen gallego; para Luis de Ulloa era un noble catalán -cuyo nombre real sería Joan Colom-, marino, enemigo de Juan II de Aragón, contra quien luchó, que era el supuesto Scolvus que habría llegado a Norteamérica en 1476, ofreciéndole el proyecto de descubrimiento a Fernando el Católico en beneficio de Cataluña. Estas dos últimas hipótesis halagaron a gallegos y catalanes, pero han sido refutadas: el supuesto origen catalán no ha sido demostrado por ningún documento mientras que se falsificó la documentación para demostrar un origen gallego.

Respecto al supuesto origen genovés, en una primera etapa de su juventud, Colón compaginó su dedicación a la manufactura -la de su padre- con los primeros contactos con el mar, probablemente como grumete. Hacia 1473 debió abandonar la ciudad de Savona, donde residía su familia, y parece ser que fue entonces cuando empezó a trabajar en el activo comercio genovés, viajando hasta las colonias de esta ciudad en el Mar Egeo -como la isla de Chío-. Asimismo, algunos investigadores indican que participó en campañas navales al servicio de Renato de Anjou y quizá también bajo el mando del corsario Colombo o Coulon el Viejo -con el que no guardaba ninguna relación familiar, pues era un corsario gascón llamado, en realidad, Guillermo de Casenove.

Trascendencia de su estancia en Portugal

En 1476, Colón llegó a Portugal, al parecer, de una forma rocambolesca: como superviviente del naufragio en un combate naval entre mercantes y corsarios. Durante nueve años, hasta 1485, Colón residió en Portugal, donde actuó como agente de la casa Centurione en Madeira y realizó frecuentes viajes, tanto a Génova como a otros destinos, adquiriendo conocimientos marinos y entrando en contacto con diversas fuentes de información:

-Sabemos que viajó a Inglaterra; al oeste de Irlanda, donde él mismo dijo que vio a un hombre y a una mujer que habían llegado de Catay por el oeste, cruzando el Atlántico; y quizá llegase hasta Islandia, lo que ha servido para plantear si pudo conocer alguna noticia acerca de los viajes de los vikingos a través del Atlántico Norte.

-También frecuentó las rutas portuguesas por la costa occidental de África, visitando San Jorge de Mina, la gran factoría portuguesa en Guinea. Y quizá conociese las Islas Canarias. Ello quiere decir que conocía la Volta da Mina y, por lo tanto, la circulación de los alisios en el Atlántico.

-Ya casado, vivió en la isla de Porto Santo y en Madeira, y quizá viajó también hasta las Azores; por tanto, cabe suponer que conocía bastante bien lo que se ha dado en llamar el «Mediterráneo Atlántico»: el espacio entre los tres archipiélagos de la Macaronesia e incluso más allá.

Durante su estancia en Portugal contrajo matrimonio en 1480, en el que cabe destacar dos importantes aspectos:

-Su mujer, D.ª Felipa Monis de Perestrello, pertenecía a la clase alta portuguesa de fines del siglo XV. Presumiblemente, sus relaciones personales abrieron a Colón muchas vías para la maduración de su proyecto y, entre ellas, los investigadores sugieren contactos con la Orden de Cristo, que le habrían proporcionado influencias considerables.

-Por otro lado, el suegro de Colón, al que no llegó a conocer al haber fallecido antes del matrimonio, tuvo una participación muy directa en la colonización de las islas atlánticas. Distintos autores afirman que fue fundamental para Colón el hecho de poder consultar la documentación acumulada por el padre de D.ª Felipa: mapas, noticias de viajeros y, sobre todo, referencias a restos recogidos en alta mar, presumiblemente arrastrados por las corrientes marinas desde tierras situadas al oeste de las islas hasta entonces conocidas.

Y en Portugal, en el contexto de una sociedad volcada en la exploración del Atlántico, con el objetivo último de sortear el continente africano para llegar a la lejana Tierra de las Especias, es donde Colón, sin duda, concibió y maduró el proyecto de llegar a las maravillas del Extremo Oriente que describió Marco Polo, pero por una ruta radicalmente distinta: por el oeste, a través del Atlántico.

En la elaboración de ese proyecto se conjugaron múltiples factores. Aparte del aliciente que Colón pudiese encontrar en un Portugal volcado sobre el Atlántico, los investigadores han barajado toda una serie de influencias decisivas:

-Las mencionadas relaciones que le pudo abrir su matrimonio y la posible documentación de su suegro.

-El mito de las islas atlánticas (San Barandiarán, Antilia, la Isla de las Siete Ciudades) que ya había originado varias expediciones en su búsqueda.

-La influencia de su hermano Bartolomé, que, aunque sea olvidada a menudo por la historiografía, tuvo un peso considerable. Sobre Bartolomé Colón se conoce muy poco; únicamente que acabó residiendo en Portugal junto a Colón y que fue su eficaz colaborador en todo momento. Bartolomé se ganaba la vida elaborando mapas y esferas, como especialista en cosmografía y navegación.

La formación de Colón era autodidacta aunque su hijo Fernando dijera que había estudiado en la Universidad de Pavía. El mismo Cristóbal Colón reconocía esa formación autodidacta -nacida de la práctica y del trato con «gente sabia»- en una carta a los Reyes Católicos, al decir que «en la marinería [Dios] me hizo abundoso, de astrología me dio lo que bastaba, y así de geometría y de aritmética».

La historiografía tradicional mantiene que las ideas de Colón se asentaban sobre tres bases teóricas y científicas que integraron las premisas esenciales de su proyecto. Las tres fueron elaboradas en el mundo clásico y, a través de Ptolomeo, se proyectaron con absoluta vigencia dogmática hasta el Renacimiento:

-La esfericidad de la Tierra.

-La unicidad del Océano y la subsiguiente posibilidad de atravesarlo navegando hacia Occidente.

-Las dimensiones atribuidas al globo terráqueo y al grado del círculo terrestre.

Los conocimientos de Colón sobre estas cuestiones no se debían a un estudio sistemático, sino que son de segunda mano y producto de una vinculación directa a lecturas improvisadas, de tal manera que cuando inició su primer viaje, en su cabeza se agitaban una mezcla de error y verdad.

Las lecturas que posiblemente influyeron de forma más directa en sus planteamientos fueron tres; la Biblioteca Colombina conserva ejemplares con múltiples anotaciones marginales (2.125 entre las tres obras) que evidencian una lectura atenta, aunque se discuta su significación.

-Il Milione, dictado por Marco Polo, en una edición de 1485. En esta obra, Cristóbal Colón sin duda encontró las referencias geográficas a ese Extremo Oriente en el que pretendía desembarcar tras la travesía del Atlántico, y con ellas esas noticias de las riquezas de los imperios asiáticos con los que tanto deseaban conectar los europeos de la época.

-Historia rerum ubique gestarum, de Eneas Silvius Piccolomini -que después sería Pío II-, editado en Venecia en 1477.

-Imago Mundi, de Petrus Alliacus, publicado en Lovaina en 1480-1483.

Estas dos últimas obras, sobre todo la de Alliacus, compendian los saberes geográficos de los humanistas del siglo XV, en los cuales estaban recogidas las aportaciones de Ptolomeo, Aristóteles, Plinio y demás tratadistas del mundo clásico.

De todas formas, si Colón presentó su proyecto al rey de Portugal entre 1483 y 1485, no podía haber leído todavía Il Milione conservado de su biblioteca (era de 1485) y ésta parece ser su primera lectura a tenor de las anotaciones marginales; por otro lado, tampoco es creíble que hubiese podido leer el Imago Mundi. De hecho, algunos autores sugieren que estas obras sirvieron para mejorar con posterioridad sus planteamientos, al dotarlos de la erudición necesaria, mientras que Juan Gil y Consuelo Varela van más lejos al afirmar que los libros los adquirió -y, por tanto, anotó- después de 1496, al calor de las polémicas suscitadas a raíz de sus viajes.

En estas condiciones, surge de inmediato la cuestión de en quién se basó Colón para establecer la posibilidad de llegar a Asia a través del Atlántico. Su hijo Fernando escribió que las causas que movieron al Almirante al descubrimiento de las Indias fueron tres: «fundamentos naturales, la autoridad de los escritores y los indicios de los navegantes». Pero, ¿quiénes fueron esos autores, una vez cuestionados los de las obras conservadas de su biblioteca? La historiografía tiende a concederle un protagonismo decisivo al florentino Paolo del Pozzo Toscanelli (1397-1482), uno de esos sabios del Renacimiento con prestigio en Medicina, Astronomía, Geografía y otros saberes.

Hay distintas versiones sobre cómo se produjo el contacto entre ambos, pero lo cierto es que Toscanelli envió un informe a Alfonso V de Portugal con una carta -de la que han llegado copias discutidas- y un mapa -que se ha podido reconstruir a partir del globo terráqueo dibujado en 1492 por Martín Behaim, uno de los más fieles seguidores del humanista florentino-.

Toscanelli hablaba de la viabilidad de una navegación hacia la China por el oeste; un trayecto que se vería aún más facilitado porque podrían realizarse escalas en la mítica isla de Antilia y en Cipango (Japón). Colón conoció esta documentación -pues reprodujo algunas expresiones de forma casi literal-, bien porque se la remitiese el propio Toscanelli, o la consiguiese en la corte lusitana aprovechando sus contactos, o incluso por conductos menos confesables. El conocimiento de este informe confirmó intuiciones de Colón o le abrió los ojos hasta hacer suyo ese proyecto, quizá modificándolo para hacer aún más fácil el viaje.

Pero estos planteamientos, fueran de Colón o Toscanelli, contenían importantes errores que, en último extremo, fueron los que impulsaron el proyecto y permitieron un éxito en modo alguno esperado. Sobre esto, decía Ranke que se estaba ante «el más fecundo error de todos los tiempos», pues si Colón no hubiese encontrado el Nuevo Mundo, él y todos los tripulantes de la expedición hubiesen pasado a engrosar la nutrida nómina de navegantes desaparecidos en el Océano.

¿Cuáles fueron esos errores? Esencialmente dos: la incorrecta estimación de la circunferencia terrestre y la aún más incorrecta estimación del volumen de las tierras emergidas conocidas hasta ese momento.

-Parece ser que la circunferencia de la Tierra fue calculada con precisión por distintos geógrafos griegos y árabes, pero Toscanelli o Colón calcularon con millas italianas las estimaciones de los árabes, de forma que redujeron en un 25 % la circunferencia terrestre hasta dejarla en unos 30.000 kilómetros.

-El segundo aspecto en cuestión era la estimación de la masa continental emergida. Ptolomeo afirmó que cubría 180º, mientras que para Marino de Tiro era de 225º, a lo cual se añadieron otros 28º a partir de la descripción de Marco Polo y 30º más que sería la distancia entre Japón y China. Quedaba así un océano de 77º, y contando con las Canarias y otras posibles escalas, el viaje sería factible, ya que entre las Canarias y Cipango la distancia era de 4.450 kilómetros y de 6.575 kilómetros hasta Catay, cuando en realidad existen, respectivamente, 19.600 y 21.800 kilómetros.

-Otros mapas del siglo XV ya mostraban que la distancia a Catay por tierra era la mitad de lo que suponía Colón y el error en la estimación del grado se puede considerar impropio de los navegantes portugueses del momento. Es un grave error, pero si a esa distancia no se encontraba el codiciado Extremo Oriente lo cierto es que se encontraron unas tierras a las que en un primer momento se quiso identificar con las más lejanas a las que se refirió Marco Polo.

¿Fue realmente una casualidad? Es una pregunta que distintos autores se han planteado continuamente desde fechas inmediatas al propio descubrimiento. Ya en La Española corrió el rumor de que Colón no había llegado a esas tierras por casualidad ni por sus conclusiones científicas, sino que disponía de «información privilegiada». Hay divergencias entre los distintos cronistas que se hacen eco del suceso, pero esencialmente hablan de una nave arrastrada al otro lado del Atlántico por las corrientes y que pudo regresar con grandes dificultades, de forma que quedó un solo superviviente que pudo informar a Colón de la existencia de esas tierras y los rumbos de ida y vuelta.

Fray Bartolomé de Las Casas, por ejemplo, habla del piloto superviviente de esa expedición que llegó a Porto Santo, «el cual, en reconocimiento de la amistad vieja o de aquellas buenas y caritativas obras, viendo que se quería morir [que se iba a morir] descubrió a Cristóbal Colón todo lo que les había acontecido, y diole los rumbos y caminos que habían llevado y traído, y el paraje donde esta isla [se refiere a La Española] dejaba o había hallado, lo cual todo traía por escrito». Otros cronistas abundan en esa hipótesis, y el Inca Garcilaso llega a identificarlo: Alonso Sánchez de Huelva.

Esta hipótesis ha sido reivindicada por Juan Manzano a partir de las expresiones contenidas en las Capitulaciones de Santa Fe, la certidumbre de Colón en las rutas a seguir, tanto en el viaje de ida como en el de vuelta, y otros indicadores.

Por tanto, la idea del predescubrimiento de América es tan sugestiva como discutible, y tan difícil de demostrar como de refutar. Lo único cierto -y según fray Bartolomé de Las Casas- es que Colón «tenía certidumbre de que había de descubrir tierras y gentes, como si en ellas personalmente hubiera estado». Y que «tan cierto iba de descubrir lo que descubrió y de hallar lo que halló, como si dentro de una cámara con su propia llave lo tuviera».

Un proyecto para Castilla

No se sabe la fecha -aunque debió ser entre 1483 y 1485-, ni tampoco demasiados detalles sobre la primera oferta que Colón le hizo al rey de Portugal. Eran momentos de fuerte efervescencia en la empresa descubridora de Portugal. Los lusos estaban explorando la desembocadura del Congo y la costa más al sur, con la intención de encontrar esa vía meridional que permitiese enlazar con el Índico y llegar a la tan deseada Tierra de las Especias.

El proyecto de Colón podría parecer atractivo en este contexto; todo apunta a que ya entonces propuso llegar a Cipango y el Extremo Oriente por una vía más corta y directa que la hasta entonces todavía incierta ruta por el sur de África.

Juan II encargó el análisis de este proyecto a una junta de expertos que desestimó su viabilidad. Las razones que los cronistas e historiadores barajan para justificar este rechazo son esencialmente dos:

-Que Colón exigió unas compensaciones económicas y políticas que parecieron excesivas, quizá en la línea de las que después reconocieron las Capitulaciones de Santa Fe.

-Y que los miembros de esa junta tenían ya los suficientes elementos de juicio como para desestimar, por fantasiosos, los presupuestos científicos del proyecto colombino. Debieron cuestionar especialmente su valoración del grado del círculo terrestre. Por esta razón, algunos autores indican que el proyecto de Colón llegó tarde a Portugal, donde ya se había desarrollado notablemente la observación geográfica y se acariciaba la llegada a las Indias por el sur de África.

El proyecto no fue desestimado de forma definitiva, y Juan II no cerró la puerta a posteriores negociaciones; incluso puede ser que concediese mayor verosimilitud a los planteamientos colombinos de lo que se ha supuesto. Fernando Colón, el hijo del descubridor, escribió que «el rey envió en secreto una carabela a Cabo Verde para comprobar la tesis de su padre, que fracasó. Quizá para realizar el plan sin su autor se prepararon los […] viajes de Arco, en 1484, y de Dulmo […] y Estreito, en 1486, al oeste en busca de islas o tierra firme, siendo éste el más cercano al plan colombino, lo que revela que en Portugal no se prescindió de la posibilidad de hallar tierras en el Atlántico», fuesen las Indias o alguna de esas islas que formaban parte de la mencionada geografía mítica de fines del siglo XV.

Demetrio Ramos justifica el rechazo portugués en que Colón pretendía seguir el paralelo de las Islas Canarias para llegar a Cipango, lo que podría suponer la violación del Tratado de Alcaçovas (de 1480) por parte de Portugal, ya que éste concedía a Castilla las Islas Canarias «ganadas e por ganar» y lo que se encontrara podría entrar en ellas. Ramos añade que quizá Colón, ante la posibilidad de que Juan II de Portugal no aceptase la navegación por el paralelo de las Canarias y le exigiese realizar la travesía transoceánica por otra latitud, optó por acudir a La Rábida y ofrecer el proyecto a los Reyes Católicos.

Para realizar lo que el mismo Colón denominó «la empresa de Indias» era menester el apoyo de un rey o de un noble poderoso. Desestimado el proyecto por el país que en esos momentos se encontraba a la cabeza de las exploraciones ultramarinas, Colón decidió buscar un nuevo patrocinador.

Colón, ya viudo, llegó a Castilla hacia mediados de 1485 con su hijo Diego. Se dirigió hacia Palos de La Frontera, un puerto andaluz del condado de Niebla, al borde de la ría del Río Tinto y frente a la barra del Saltés. Múltiples motivos pudieron causar dicha elección:

-Sin duda, influyeron razones de índole familiar, pues en Palos de La Frontera o en Huelva residían algunos de sus cuñados.

-Quizá buscase en el monasterio de La Rábida noticias geográficas y apoyo de unos frailes a los que estaba encomendada la labor misional en las Islas Canarias y en la costa occidental africana.

La visita a La Rábida también ha dado lugar a diversas controversias. Desde luego no fue una visita por azar, pues este monasterio no se encontraba en ninguna ruta habitual de comunicación. Algunos historiadores de los siglos XVI y XX han cuestionado que Colón visitase en 1485 el monasterio de La Rábida, y han datado dicho primer contacto unos años más tarde, en 1491. Quienes piensan que hubo dos viajes -1485 y 1491- apuntan que en la primera fecha entró en contacto con el fraile astrólogo fray Antonio de Marchena, quien tendría un papel fundamental en las posteriores gestiones de Colón, y señalan como posible la relación con un marinero que había participado en el viaje de Teive al oeste del Atlántico; una expedición que quizá pudo avistar las cosas de Terranova.

Tras su primera estancia en Palos, Colón inició sus gestiones ante los Reyes Católicos en Córdoba, donde residía la Corte por su cercanía al frente granadino. Quizá en estos momentos las influencias de los monjes de La Rábida le abrieron determinadas vías, pues el Descubridor pudo entablar contacto con el poderoso confesor de la reina, fray Hernando de Talavera e, incluso, con el cardenal Mendoza.

Pese a que en un primer momento el Consejo desestimó su proyecto, los personajes influyentes que conoció -y, entre ellos, quizá nobles como los duques de Medinaceli y Medinasidonia- le facilitaron una entrevista personal con los Reyes Católicos en Alcalá de Henares, en enero de 1486, y otra, al mes siguiente, en Madrid.

La primera impresión causada por el proyecto colombino no resultó favorable. No obstante, gracias a las gestiones del padre Marchena, los monarcas acordaron nombrar una Junta que examinase la «empresa de Indias».

Tras valorar como inviable el viaje-proyecto, la comisión emitió una resolución contraria a las pretensiones de Colón. Aunque no es posible determinar a ciencia cierta las causas de dicho dictamen, algunos autores afirman que el factor decisivo fue que Isabel la Católica no quería violar los términos del Tratado de Alcaçovas. No obstante, otros autores señalan un segundo motivo: los reyes no deseaban dispersar sus recursos en otro proyecto que no fuera el de la conquista del reino de Granada. Pese a la resolución negativa de la Junta, Colón no se desanimó y volvió a entrevistarse con los Reyes Católicos en Málaga, a finales del verano de 1487. Los resultados del encuentro volvieron a ser negativos.

Los años 1487 y 1488 debieron ser especialmente duros para el descubridor. En el terreno económico su situación fue difícil; aunque recibió esporádicos apoyos económicos, tuvo que vender libros y mapas que él mismo dibujaba.

La noticia de que Bartolome Dias había doblado el Cabo de Buena Esperanza, demostrando definitivamente que existía comunicación marítima entre los océanos Atlántico e Índico y, por tanto, una vía para llegar a Asia por mar, hizo temer a Colón que su proyecto fuese abandonado definitivamente. Por ello, intentó agilizar los trámites en los distintos frentes. Escribió a Juan II de Portugal y éste le contestó invitándole a ir a Lisboa. Con esta carta se entrevistó de nuevo con los Reyes Católicos, quienes aplazaron su decisión definitiva y le dieron una subvención. Aún así, no se opusieron a que restableciese las negociaciones en Portugal.

No se sabe a ciencia cierta si Colón llegó a realizar un nuevo viaje a Portugal a finales de 1488; de todos modos, si lo hizo, la respuesta debió ser igualmente negativa. Sí se sabe que por esas fechas envió a su hermano Bartolomé a presentar su proyecto ante los reyes de Francia e Inglaterra.

A finales de 1488 o principios de 1489 -Romeu de Armas defiende que fue en 1485-, Colón obtuvo el patronazgo declarado del duque de Medinaceli, que incluso llegó a plantearse la posibilidad de financiar el viaje tentado por las riquezas que podría obtener.

Las influencias de Medinaceli quizá fueron las que hicieron decantarse en favor de Colón a personalidades como el cardenal Mendoza, el contador real Alonso de Quintanilla o fray Diego de Deza, preceptor del príncipe D. Juan. Con estos apoyos, Colón obtuvo una nueva entrevista con los Reyes Católicos en Jaén.

Los buenos augurios de esta entrevista se truncaron con el alargamiento de la guerra de Granada -se suponía su fin con la rendición de Baza-. Nuevamente el proyecto fue paralizado y acentuó la penuria económica de Colón, que volvió a entrar en negociaciones con el rey de Francia. Quizá pensando ya en abandonar España, Colón se dirigió de nuevo a La Rábida. Allí entró en juego un personaje fundamental: fray Juan Pérez, que había sido confesor de la reina. Pérez le escribió a la propia Isabel la Católica y ésta convocó a Colón en Santa Fe -lugar en el que se encontraban los monarcas para el definitivo asedio de Granada- y le proporcionó una nueva ayuda económica.

De todas formas, tampoco acabó el rosario de problemas. Colón encontró en Santa Fe importantes valedores, hombres que había ido ganando para su causa en los años anteriores, y entre ellos los miembros del llamado «grupo aragonés», formado en parte por conversos con fuertes vinculaciones en el mundo de las finanzas y que gozaban de la confianza personal de Fernando el Católico. Por el contrario, tuvo que enfrentarse con una nueva Junta, que se pronunció negativamente ante lo que ésta consideraba exorbitantes pretensiones económicas y honores de Colón, «mandando los Reyes que le dijesen que se fuese en hora buena», según apostilla Las Casas en su relato de los hechos.

Desanimado, Colón decidió marchar a Francia. No obstante, sus valedores -Luis de Santángel, entre otros,- iniciaron toda una serie de gestiones en la Corte, logrando doblegar la oposición de hombres como Talavera y comprometiéndose a gestionar los fondos suficientes para la realización de la empresa. La rapidez de las diligencias hizo que el mensajero real, portador de la contraorden, alcanzase a Colón en la aldea de Pinos-Puente, a 6 kilómetros de Santa Fe.

Aunque la decisión política estaba tomada, Colón y los monarcas comenzaron las negociaciones de los términos de la expedición. Y éstas se prolongaron durante unos tres meses. Finalmente, todas las pretensiones del marino fueron aceptadas en las Capitulaciones de Santa Fe, firmadas el 17 de abril de 1492 por Juan de Coloma -secretario de los Reyes Católicos, quien actuó en su nombre- y fray Juan Pérez -en representación de Colón-.

El primer viaje: financiación de la empresa y bases de partida

Una cuestión previa: las Capitulaciones de Santa Fe

El análisis de este transcendental documento ha generado numerosos estudios, siendo el más importante el de Rumeu de Armas.

La interpretación de las Capitulaciones de Santa Fe ha dado origen a diversas controversias. De ellas, quizá la más importante sea la de su mismo carácter. Algunos investigadores propugnan que tuvieron carácter de concesión graciosa de Isabel y Fernando. Otros, en cambio, explican que tenían más bien un carácter de contrato. La diferencia entre ambas concepciones radica en que en el primer caso, los monarcas podían modificar las condiciones de la gracia; mientras que en el segundo, el contrato estaba amparado por el Derecho Natural, que obligaba a su cumplimento incluso a los reyes. Esta cuestión ya se suscitó en tiempos de Colón y de su heredero directo, y entonces tuvo una gran importancia y fue debatida en enconados pleitos. Las investigaciones deducen que las Capitulaciones fueron, en esencia, un contrato.

Cabe plantear otra cuestión, ¿actuaron los Reyes Católicos intentando sortear los términos del Tratado de Alcaçovas? Aunque son numerosas las hipótesis planteadas, los Reyes se titularon en las Capitulaciones «señores de los mares océanos», denominación excesiva y contraria al referido tratado:

-En primer lugar, se reconoció a Colón el título de Almirante en todas las islas y tierras «que por su mano e yndustria se descubrieran o ganaran», como dice el mismo documento. Sus prerrogativas serían iguales a las del Almirante de Castilla, y las obtendría con carácter hereditario para sus sucesores. No es un título puramente honorífico sino que era el título de mayor jerarquía dentro de la nobleza castellana, pero también llevaba anejos importantes derechos económicos.

-También le correspondió al marino el título de Virrey y Gobernador General de todas las tierras que descubriese, con la facultad de proponer ternas de candidatos a la elección real para cubrir todos los cargos de gobierno que debieran nombrarse en dichas tierras.

-Le tocó la décima parte de todas las riquezas que se descubriesen y la misma proporción de los beneficios del comercio en los límites del Almirantazgo.

-Le fue asignada la facultad de juzgar en toda una serie de litigios que se suscitasen en torno a las citadas mercancías.

-Y se le permitió «contribuir con la octava parte en la armazón de navíos que fueran a tratar y negociar a las tierras descubiertas. A cambio recibiría otra octava parte de las ganancias».

Todas estas concesiones estaban condicionadas por el éxito de la empresa. Pocos días después, el 30 de abril del mismo 1492, los Reyes Católicos ampliaron aún más dichas gracias, convirtiendo en hereditario el título de Virrey y reconociéndole la categoría de «Don». Y en 1495, los monarcas accedieron a su pretensión de tener la exclusividad para fletar expediciones de descubrimiento, aunque fue una prerrogativa que le duró muy poco tiempo.

En conjunto, son unas concesiones exorbitadas, que contrastan con la política autoritaria de los Reyes Católicos, intentando limitar las prerrogativas de los poderes internos de sus reinos. De hecho, le reconocieron a Colón -tal como afirma Chaunu, «un inmenso e ilimitado señorío, de tradición feudal, salvo la soberanía de los Reyes, que quedaba muy recortada en sus atribuciones». Sin embargo, reproducía las cartas de donación concedidas por los reyes de Portugal a los que habían descubierto islas al oeste de las Azores.

Cabe destacar, por último, dos omisiones de las Capitulaciones:

-En ningún momento se especificaron objetivos geográficos. Las referencias a Catay, Cipango o las Indias siempre se encuentran en documentos privados. Se supone que la omisión tuvo por objeto no levantar recelos en Portugal.

-En segundo lugar, tampoco se habló en ningún momento de intereses de tipo misional, lo que ha alimentado toda una serie de elucubraciones contraponiendo las mentalidades de Colón y la de los Reyes Católicos.

Los preparativos

Entre los documentos expedidos por los Reyes Católicos el 30 de abril de 1492 sobresale una provisión dirigida a los vecinos de Palos de la Frontera, que les ordenaba servir con dos carabelas durante doce meses, en virtud de unas penas impuestas con autoridad. El costo de la expedición fue estimado en 2.000.000 de maravedís, más el sueldo de Colón. En contra de la idea popular de que fue sufragado por «las joyas de Isabel la Católica», la mitad de dicho dinero lo prestó el ya citado Luis de Santángel con fondos de la Santa Hermandad, la cuarta parte la aportó el mismo Colón -que los pidió prestados-, y la cantidad restante probablemente la derramaron banqueros y mercaderes italianos residentes en Andalucía.

La provisión del 30 de abril de 1492 fue leída el 23 de mayo de dicho año en la iglesia de San Jorge, en Palos, hecho que se puede considerar como el inicio de la partida de la expedición.

Colón comunicó las órdenes reales que traía para las otras autoridades de los demás puertos del Atlántico andaluz, conminándoles a que le auxiliasen en cuanto fuera menester. De todas formas, ni los hombres de Palos de la Frontera, ni los de los demás puertos se mostraron dispuestos a prestarle su colaboración: por el objetivo indeterminado del viaje y por el hecho de que Colón fuese desconocido para los marineros de la zona, lo que hacía que no confiasen en absoluto en él.

En estas condiciones, resultó fundamental la ayuda que le prestaron los hermanos Pinzón, cuya amistad le procuraron los monjes de La Rábida. Los Pinzón eran marinos que habían ganado grandes riquezas y prestigio como comerciantes de salazones -desde los mares del norte hasta Italia-, como corsarios e, incluso, por haber participado en las recientes guerras contra Portugal. Colón también contó con la ayuda de los Niño y los Quintero.

Martín Alonso Pinzón tuvo una intervención tan decisiva tanto en la recluta de hombres como en la de barcos que Colón le prometió que partiría con él las ganancias de la expedición.

Si bien Colón mandó embargar unos barcos en Moguer, no los debió utilizar. Al parecer, fue Martín Alonso Pinzón quien contrató los barcos definitivos, pues él conocía bien las condiciones de los navíos de la región, y es posible que los hubiera tenido a su servicio. La expedición partió con tres barcos, dos carabelas y una nao: una flota de configuración similar a la utilizada por Bartolome Dias en 1487-1488.

La nao era La Gallega, rebautizada como La Santa María, propiedad de Juan de la Cosa, natural de Santoña, pero vecino del Puerto de Santa María.

La carabela de menor tonelaje era La Santa Clara, rebautizada como La Niña, propiedad de Juan Niño, vecino de Moguer, y la pagaron los vecinos de Palos.

La Pinta era de Cristóbal Quintero, vecino de Palos, y probablemente fue requisada, pues su dueño iba en el viaje «de mala voluntad».

Sobre las características técnicas de estos barcos hay estimaciones bastante divergentes, ya que a veces resulta difícil señalar las equivalencias entre las medidas antiguas y las actuales:

-La Santa María tenía una eslora de 29 metros, tres palos, velamen redondo y un tonelaje que Morrison estimó en más de 100 tm. de arqueo -capacidad de carga de 100 toneles-, y que, en cambio, Molinari afirmó que era de 325 tm. Fue comandada directamente por Colón; su contramaestre fue Juan de la Cosa y los pilotos, Sancho Luis de Gama y Bartolomé Roldán.

-La Pinta tenía una eslora de 22 metros, tres palos, velamen redondo y la mitad de tonelaje que La Santa María. Fue capitaneada por Martín Alonso Pinzón, el contramaestre fue su hermano Francisco Martín Pinzón y el piloto, Cristóbal García Sarmiento.

-La Niña tenía una eslora de 24 metros, desplazaba un tonelaje algo menor que La Pinta. Tenía tres palos con velas latinas, pero fueron cambiadas en la escala de Canarias por otras redondas. Fue mandada por Vicente Yáñez Pinzón, su contramaestre fue Juan Niño y el piloto, t tal vez, Pero Alonso Niño.

Según Alicia Gould, partieron 87 tripulantes y otros 9 marinos. No obstante, otros investigadores han elevado la cifra de expedicionarios hasta 120 hombres. En su mayor parte, los tripulantes eran andaluces, de Palos y localidades vecinas, aunque había algunos vascos y hombres de otras procedencias. También viajaron cuatro penados -un homicida y tres acusados de cohecho. Asimismo, la expedición contó con un médico, un cirujano, un escribano, un intérprete que conocía el árabe y el hebreo; en cambio, no se embarcó ningún sacerdote, lo que ha dado lugar a toda una serie de disquisiciones sobre los objetivos del viaje y la mentalidad de Colón.

Venturas y desventuras de un viaje decisivo

Del primer viaje de Colón se conserva un documento excepcional, el Diario que redactó el propio descubridor, gracias al resumen del mismo que realizó fray Bartolomé de las Casas. Las Casas recogió todo lo esencial y los detalles que le parecieron de interés, reproduciendo literalmente un número muy considerable de párrafos. Pese a que la copia que utilizó el regular tenía una letra en ocasiones confusa, la rigurosidad de su trabajo, junto a otros indicios. El transcriptor utilizó el Diario en su Historia de las Indias, lo que ha permitido complementar su resumen, así como los datos ofrecidos por la menos fiable versión del hijo de Cristóbal, Fernando Colón.

La expedición partió de Palos el 3 de agosto de 1492. Tras oír misa, los tripulantes se trasladaron en botes a las naves, que estaban ancladas en la barra de Saltés, frente a la Punta del Sebo. Los primeros augurios no fueron demasiado positivos, porque apenas tres días después se desencajó el timón de La Pinta, quizá de forma intencionada. Ello obligó a la expedición a detenerse en las Canarias, islas a las que llegaron el 9 de agosto. Las reparaciones duraron casi un mes. Mientras tanto, se procedió al cambio del velamen de La Niña. El jueves 6 de septiembre, los expedicionarios partieron desde La Gomera hacia lo desconocido, aunque una calma les obligó a permanecer dos días prácticamente parados frente a las islas. El 9 de septiembre, favorecidos por los alisios, pusieron proa hacia el oeste, perseguidos por el rumor de que una flotilla portuguesa de tres carabelas los estaba buscando. El día 17 arribaron a los Sargazos, lo que alimentó las expectativas por llegar pronto a tierra. La frustración de esta esperanza hizo surgir la inquietud entre los tripulantes. Paradójicamente, el desasosiego derivaba también de la regularidad y la fuerza del viento de popa, pues ello les hizo temer no poder hallar vientos favorables para el viaje de regreso. Por ello, Colón, tal como escribió en su Diario, celebró durante la travesía la existencia esporádica de vientos contrarios. Asimismo, para tranquilizar a sus marineros, tomó una segunda precaución: con relativa frecuencia se preocupó por comunicar de manera oficial a los tripulantes estimaciones de distancias navegadas menores a las reales, anotando las verdaderas en secreto.

Desde el 25 de septiembre crecieron considerablemente las murmuraciones. Y el 6 de octubre estalló un motín que únicamente pudo ser dominado cuando Martín Alonso Pinzón impuso su firmeza. La inestabilidad volvió a resurgir, no obstante, cuatro días después, el 10 de octubre; pero entonces, Colón ya había tomado una decisión, que fue fundamental. El mismo día de la revuelta, Martín Alonso Pinzón propuso cambiar el rumbo, pero Colón se negó. Sin embargo, el día siguiente vio algunas bandadas de pájaros y optó por dirigirse hacia el sudoeste. Y acertó plenamente, pues de no haber variado la ruta, la flota habría ido a parar, bien a la península de Florida (con mucha suerte), o bien al centro mismo del Atlántico, ya que con toda probabilidad la corriente del Golfo les habría desviado de cualquier destino continental.

Después de muchas causalidades, por fin, la noche del 11 al 12 de octubre Colón afirmó haber visto una luz en la lejanía, por lo que ordenó a la tripulación que redoblase su vigilancia e incrementó los premios para el primero que avistase tierra. Y a las dos de la madrugada, Juan Rodríguez Bermejo, conocido como Rodrigo de Triana, dio la voz de «tierra»: una isla coralina del archipiélago de las Bahamas, que bautizó con el nombre de San Salvador.

Sobre la travesía, cabe plantear que descontando los dos días de calma que estuvieron frente a las Canarias, habría durado 34 días de navegación por mares desconocidos. Una navegación puramente a la estima, intuitiva, pues Colón calculó las distancias navegadas a ojo (todavía no existía la corredera). El descubridor siguió el paralelo 28º N. -el de La Gomera- por las expresas órdenes de evitar la infracción del tratado con Portugal. Un ruta tan acertada que fue la que siguieron prácticamente todos los convoyes que se dirigieron al Nuevo Mundo en los siglos posteriores. Si acaso, un rumbo algo más meridional, pues la línea apuntada se halla en el límite entre los alisios y las calmas. En el segundo viaje y en las travesías posteriores, los navegantes buscaron la fuerza del alisio del noreste un poco más al sur, partiendo de los 28 º N. de La Gomera para trazar un gran arco que llevaba a los 13 ó 14 º N., en las Pequeñas Antillas.

El viaje fue relativamente rápido, a una velocidad comparable a la que lograron los convoyes de los siglos XVI y XVII, lo que ha dado lugar a todo tipo de comentarios, alimentando las suposiciones de que Colón conocía lo que estaba haciendo. De todas formas, al despertar el alba el 12 de octubre, Colón creyó ver el extremo oriental de las tierras descritas por Marco Polo, sin tomar conciencia, como quizá nunca la tomó, de que estaban ante unas costas nunca antes avistadas por europeos.

La idea de un viaje entre Europa y Asia, atravesando el Atlántico, fue una hipótesis manejada ya por los sabios clásicos. Aristóteles, por ejemplo, escribió, después de demostrar la esfericidad de la Tierra, que se podía navegar de las Columnas de Hércules a las tierras del Extremo Oriente en pocos días. Y Séneca hizo alusión en repetidas ocasiones a dicha posibilidad. Por ejemplo, en Medea escribió unas líneas ciertamente proféticas: «Llegará el momento en que las cadenas del Océano caigan a un lado y un vasto continente sea revelado, en que un piloto descubra nuevos mundos y Tule deje de ser el último extremo de la Tierra». Y en la misma línea, también dejó escrito: «En realidad, ¿qué distancia hay entre las playas extremas de Hispania y las de la India? Poquísimos días de navegación, si sopla para la nave un viento propicio».

La idea de encontrar las Indias atravesando el Atlántico no era nueva. Fue manifestada tanto en la época clásica como en vísperas del proyecto colombino. Pero el problema en ambos momentos fue el mismo: que alguien quisiese y lograse llevarla a la práctica. Es decir, «los más osados admitían que el viaje a China, rumbo al oeste, podía hacerse, y unos cuantos opinaban que debía hacerse; pero nadie cuidó de intentarlo, hasta que el joven genovés Cristoforo Colombo comenzó a importunar a la gente para que financiara el proyecto».

En la mañana del 12 de octubre de 1492 Colón llevó a la praxis la travesía del Atlántico. El presuntamente genovés, Martín Alonso Pinzón, Vicente Yáñez y el escribano desembarcaron en San Salvador.

Tras esta primera toma de contacto con las tierras del Nuevo Mundo, la expedición se dedicó a explorar la zona. Y a partir del día 14 descubrió cuatro nuevas islas que Colón bautizó con nombres religiosos y políticos: Santa María de la Concepción (actualmente Cayo Rum), la Fernandina (Long), Isabela (Crooked) y Juana (Cuba). Según Morrison, Colón actuó con rectitud lógica y teológica a la hora de las designaciones. La primera isla recibió el nombre de Cristo; la segunda, el nombre de la madre de Dios en el misterio franciscano de la Inmaculada Concepción; y después fueron honrados el rey Fernando, la reina Isabel y el príncipe heredero Juan.

Colón llegó a Cuba, isla que en un primer momento identificó con la ansiada Cipango. Exploró la costa occidental y envió desde allí una delegación que debía entrevistarse con el Gran Khan, pero que no encontró más que a un cacique local cuya riqueza no satisfizo las expectativas de los españoles. Dicha embajada sí se llevó una gran sorpresa ya que por primera vez los europeos vieron a los indígenas fumar tabaco.

En esos momentos las desavenencias entre Colón y Martín Alonso Pinzón llegaron a su punto culminante. Y el 21 de noviembre este último decidió separarse de aquél, aprovechando las mejores condiciones marineras de La Pinta en comparación con las de La Santa María. Y comenzaron a buscar cada uno por su cuenta los orígenes de ese oro del que habían encontrado indicios tan abundantes como imprecisos.

Primero Martín Alonso Pinzón, y poco después el propio Colón arribaron a Haití, a la que éste bautizó como La Española. En ella encontraron mayores indicios de oro y algunos caciques con un ceremonial más desarrollado.

Sin embargo, los planes de Colón se vieron profundamente alterados de la noche a la mañana del día de Navidad, por un lamentable accidente. Una falta de atención del piloto de La Santa María propició que la nao encallase y fuese imposible recuperarla. Los expedicionarios pudieron salvar el cargamento y los materiales de la embarcación. No obstante, como en La Niña no había espacio para los tripulantes de la nao, Colón hubo de tomar una importante decisión: fundó la primera colonia en tierras del Nuevo Mundo, el Fuerte de Navidad, donde quedaron 39 hombres al mando de Diego de Arana.

El 4 de enero de 1493, Colón decidió emprender el viaje de regreso. Dos días después se reencontró con La Pinta, y ambos bandos decidieron unirse de nuevo. Y aunque recibieron noticias de la existencia de nuevas islas y de que a diez días de navegación en canoa desde Jamaica había tierra firme, el marino supuestamente genovés persistió en su intención de volver al Viejo Mundo.

El 16 de enero la expedición emprendió la travesía de vuelta. El regreso fue más difícil que la ida, pero Colón demostró sus expertas cualidades marineras al llevar sus barcos al Mar del Te, en busca de los vientos del oeste, cuya existencia quizá conociera durante su estancia en Portugal o, simplemente, según Morrison, descubriese por causalidad: Colón acertó tomando la mejor ruta de vuelta.

El 12 de febrero las carabelas habían alcanzado el suroeste de Las Azores (aunque desconocían su posición). Entonces, les sobrevino una tremenda tormenta, que capearon con grandísima dificultad y que dos días más tarde provocó que se separaran. La situación debió ser tan desesperada que muchos de los tripulantes, temiendo un fatal desenlace, llegaron a realizar votos de peregrinación si lograban salvarse.

El 18 de febrero, La Niña ancló en la isla de Santa María, en las Azores, lo que propició una serie de problemas con las autoridades locales, que apresaron a algunos hombres. Superadas estas adversidades, Colón hubo de enfrentarse de nuevo con seis días de tempestad y acabó llegando el 4 de marzo a las cercanías de la Roca de Cintra, frente a Lisboa, ciudad en la que finalmente se vio obligado a entrar. Allí se entrevistó con Juan II quien, con amenazas y promesas, trató de beneficiarse del descubrimiento. Pero Colón logró superar las presiones del soberano luso, aduciendo su condición de Almirante de Castilla y demostrando que su viaje no había tenido como lugar de destino Guinea, sino que venía del oeste, de las Indias. «Parecía a todos que había ganado la carrera hacia el objetivo tan ambicionado por Portugal».

El 15 de marzo entró en Palos, 32 semanas después de su partida, pocas horas antes de que lo hiciese Martín Alonso Pinzón con La Pinta. El éxito del viaje fue conocido de inmediato a todos los niveles. Colón informó a los Reyes Católicos en Barcelona, a finales de abril. Isabel y Fernando le confirmaron todos los privilegios admitidos en las Capitulaciones de Santa Fe. La noticia del viaje se extendió por toda Europa con la impresión de una carta de Colón que lo resumía, reeditada once veces en pocos meses.

Posteriores viajes de Cristóbal Colón

Primera expedición colonizadora

El segundo viaje de Cristóbal Colón hacia las tierras recién descubiertas tuvo características muy diferentes al anterior. Fue preparado febrilmente, con un importante volumen de recursos de todo tipo, y con la mirada puesta en el rival portugués.

Cuantiosos préstamos fueron solicitados para sufragar los costes de la expedición. Entre los prestamistas destaca un banquero italiano a cuyo servicio trabajaba un hombre: Américo Vespucio.

El organizador de este segundo viaje fue Juan Rodríguez de Fonseca, arcediano de Sevilla. Un acérrimo partidario del autoritarismo regio que acabó enfrentándose con Colón y que, para desgracia de éste, se encargó de dirigir todas las cuestiones relativas al Nuevo Mundo hasta los primeros tiempos del reinado de Carlos I.

Las expectativas originadas por el éxito del primer viaje provocaron un aluvión de solicitudes de candidatos a integrar la tripulación de los distintos barcos integrantes de la flota. La organización decidió limitar el número de expedicionarios a 1.000 hombres, de los cuales 800 habían de ser soldados. No obstante, estas previsiones quedaron finalmente cortas, pues, al parecer, acabaron embarcando más de 1.200 hombres en un total de 17 buques, de los cuales 14 eran carabelas y 3 naos. La flota quedó bajo el mando de Colón y Pero Alonso Niño fue nombrado piloto mayor. Junto a los soldados, también formaron parte de la expedición hidalgos en busca de fortuna, labradores con animales, aperos agrícolas y semillas, artesanos con sus instrumentos, y un grupo de religiosos bajo la dirección de un benedictino de Montserrat.

En suma, la Monarquía Hispánica pretendía iniciar una auténtica colonización. Por ello, los Reyes Católicos le ordenaron a Colón que favoreciese la conversión y el buen trato a los indios, y que promoviese la fundación de una colonia cuyo comercio sería monopolio compartido de ellos y del propio descubridor (siguiendo el modelo portugués de La Mina). Los monarcas concibieron la segunda «empresa de Indias» como un negocio mixto, estatal-colombino, para el rescate de oro y mercancías valiosas reservadas a la Corona. Y para velar por los intereses de la Real Hacienda incluyeron en la expedición a un teniente de los Contadores Mayores y planearon la creación de aduanas en las tierras recién descubiertas y en Cádiz. Asimismo, también ordenaron a Colón que prosiguiese «los descubrimientos más al sur, buscando la tierra firme meridional sin el impedimento de Alcaçovas».

La Armada acabó organizándose, con algunas dificultadas dada su magnitud, en los puertos más importantes del Atlántico andaluz: Sevilla y Cádiz. Finalmente, la expedición partió de esta última ciudad el 25 de septiembre de 1493, y durante un tiempo fue escoltada por la flota de guerra hispánica, a fin de evitar la posibilidad de un ataque portugués. El 13 de octubre el convoy dejó atrás las Canarias y después de 21 días de navegación arribó a la isla que Colón bautizó con el nombre de Deseada.

En este segundo viaje a las Indias, Colón varió ligeramente el rumbo, eligiendo una ruta algo más meridional. Aunque no se conocen los motivos, los investigadores plantean diferentes hipótesis:

-Que Colón quería aprovechar mejor la fuerza de los alisios.

-Que los Reyes Católicos ya no temían un posible conflicto con la Monarquía portuguesa, amparados por las Bulas Inter caetera otorgadas por Alejandro VI.

-Que Colón buscaba encontrar nuevas islas intuidas en su primer viaje, o quizá arribar a la parte meridional de Cipango, que tenía fama de ser especialmente rica en oro.

Tras llegar a la isla Deseada, la expedición recorrió casi todo el arco de las Antillas Menores hasta Puerto Rico, realizando un trayecto que se convertiría en la ruta habitual de todos los convoyes posteriores. Y el 22 de noviembre llegó a La Española. Allí, los españoles se llevaron una desagradable sorpresa al comprobar que el Fuerte de Navidad había sido arrasado y que toda su guarnición había perecido. Probablemente, las disensiones entre los castellanos y la acción de los indígenas, víctimas de sus desmanes, fueron los dos motivos que propiciaron la destrucción del fuerte y la muerte de sus habitantes.

El 6 de enero de 1494, Colón fundó el primer asentamiento hispánico en el Nuevo Mundo, que fue bautizado como La Isabela, al norte de la actual República Dominicana. Y poco después fundó otros más al interior de la isla, con la intención de controlar a los indígenas que mantenían una actitud hostil.

En este segundo viaje, Colón exploró a fondo las islas del Caribe, bien personalmente, bien mediante el envío de expediciones dirigidas por distintos capitanes. Prestó especial atención por la isla de Cuba, la cual no quiso circunnavegar a fin de mantener la ficción de que había pisado tierra firme. De hecho, obligó a toda la tripulación a firmar un documento jurando que las costas de Cuba eran tierra firme. Además, desde ella, parece que contempló la posibilidad de retornar a España navegando hacia el oeste.

En este segundo periplo por las Indias, aunque llegó a reconocer que La Española no era en absoluto Cipango, Colón siguió mostrando cierto empeño por identificar lugares más o menos míticos o sacados de la obra de Marco Polo. Por ejemplo, identificó la isla de Jamaica con la bíblica Saba -añadiendo que desde ella salieron los Reyes Magos en su viaje a Belén-. Y creyó ver los montes Ofir de Salomón en Haití.

Los investigadores discrepan sobre si Colón llegó a descubrir Sudamérica en esta segunda «empresa de Indias». Algunos autores defienden que llegó a la isla Margarita, aunque ocultó dicho viaje para no tener que dar al fisco regio la parte que le correspondía de un importante botín en perlas. Otra característica fundamental de este primer viaje colonizador es que Colón hubo de enfrentarse a toda una serie de problemas hasta entonces inéditos, relacionados con la oposición de sus propios compañeros de expedición. El descontento fue causado fundamentalmente por cuatro motivos:

-Por las propias dificultades del viaje, sobre todo, para quienes no tenían ninguna experiencia marinera.

-Por las inconveniencias relacionadas con la aclimatación de los castellanos a una tierra tan distinta desde el punto de vista puramente ecológico. La adaptación al suelo americano de las especies mediterráneas -como los cereales o la vid- fracasó y los colonos sufrieron para acostumbrarse a la dieta indígena.

-Por la dureza de los trabajos de construcción de los asentamientos, en los que todos los expedicionarios hubieron de participar, independientemente de sus grados o privilegios.

-Y porque Colón se mostró en todo momento decidido a hacer efectivo el monopolio real, que también obraba en su propio beneficio, impidiendo el enriquecimiento particular y frustrando de tal manera cualquier ilusión de hacer fortuna en las nuevas tierras.

Ante esta situación, el 2 de febrero de 1494 decidió enviar a España una expedición compuesta por 12 barcos, a fin de solicitar auxilio a los Reyes Católicos, y ya entonces tuvo que someter un intento de motín de quienes pretendían apoderarse de los navíos para regresar a Castilla.

Colón quizá albergara la esperanza de que el descontento amainaría con la vuelta de la expedición de socorro. Sin embargo, la realidad fue bien diferente. En la expedición que regresó a España fueron incluidos algunos de los descontentos, y éstos se dedicaron a desprestigiar la labor de gobierno del Almirante ante los monarcas. La expedición de auxilio llegó a las Indias el 24 de junio del mismo 1494, con Bartolomé Colón al frente. No obstante, el prestigio de Colón fue puesto aún más en entredicho cuando los indígenas de La Española se sublevaron en respuesta a los constantes excesos de los colonos. Reprimida la rebelión, 500 indígenas fueron enviados a España para ser vendidos como esclavos. Los Reyes Católicos prohibieron su comercialización hasta que se determinase la licitud de dicho proceder. Pero en La Española algunos indígenas ya estaban siendo utilizados como esclavos, lo que dio origen al debate sobre el trato que los castellanos debían proporcionar a la población de las tierras recién descubiertas.

Por otra parte, Colón impuso a las tribus indígenas el pago de un tributo en algodón y polvo de oro; una contribución a todas luces excesiva, pues el oro no abundaba y los trabajos de extracción de las arenas y gravas de los ríos era tan agotadores que la población comenzó su declive.

Los socorros enviados a Colón desde la corona hispánica siguieron llegando. No obstante, aunque los Reyes Católicos remarcaron en todo momento el interés misional de la colonización, sea por la incertidumbre de las noticias que tenían sobre el Almirante o porque los beneficios de la empresa no llegaban a compensar el coste de las sucesivas expediciones de auxilio, el caso es que los monarcas dictaron toda una serie de disposiciones que suponían una liberalización de los viajes y del comercio con el Nuevo Mundo, violando claramente los términos de las Capitulaciones de Santa Fe.

Las protestas de Colón hicieron que algunas de las disposiciones citadas fuesen suspendidas, pero movieron, asimismo, a los reyes a enviar al Nuevo Mundo a un comisario real -Juan de Aguado- con la misión de fiscalizar las actuaciones del Almirante y pasar informes sobre la situación del proyecto. Los roces de Colón con Aguado fueron inevitables y llevaron al Almirante a emprender la ruta de retorno a Castilla el 10 de marzo de 1496, llegando a Cádiz el 11 de junio siguiente.

Colón se entrevistó con los Reyes Católicos en Burgos, organizando una exótica puesta en escena. Apareció rodeado de indígenas antillanos, con vistosas aves tropicales y vestido como un fraile franciscano. Fonseca y su grupo, que querían hacerse con el dominio de la «empresa de Indias», criticaron el comportamiento y la gestión de Colón, se quejaron del excesivo gasto y el escaso provecho de la expedición colonizadora y dudaron de la existencia de oro en las tierras descubiertas. Y el Almirante se defendió colocando en primer término la ingente labor misional que cabía realizar entre los indígenas e intentando demostrar las posibilidades económicas de la empresa (afirmando la abundancia de oro, palo brasil e incluso especias).

La búsqueda de la tierra firme

Colón logró salir airoso de este primer intento de descalificación y vio confirmados todos sus privilegios en virtud de un documento datado el 23 de abril de 1497. Y por disposición de los monarcas, comenzó a preparar su tercer viaje, con medios más modestos y un objetivo muy claro: encontrar tierra firme.

Sin embargo, la partida se retrasó por los preparativos de las bodas de los hijos de los reyes y otros asuntos que ocupaban su atención y comprometían sus rentas.Y ello pese a que existían razones que aconsejaban no dilatar la expedición, como por ejemplo, que el 8 de julio de 1497 partió de Lisboa Vasco de Gama con el objetivo de llegar a la India circunnavegando África.

Según diversos investigadores, Colón aprovechó el ínterin para enriquecer su formación erudita, pues se dedicó a buscar argumentos que apoyasen su proyecto en las obras que ya hemos citado de Marco Polo, Eneas Silvius Piccolomini y Petrus Alliacus. El descubridor quiso reforzar sus posiciones ante la aparición de voces disconformes en la corte, que afirmaban que no había arribado al Extremo Oriente -tal como pretendía-, y ni siquiera se había acercado a sus proximidades.

Las discusiones que mantuvieron ante diversos testigos el propio Colón y su amigo, el sacerdote y cronista Andrés Bernáldez, son buena muestra de ello. Bernáldez concluía que las Indias estaban 1.200 leguas más allá de las tierras a las que había llegado, por lo que no podían pertenecer a Asia. En este sentido, en 1495 el profesor de Salamanca Francisco Núñez de la Yerba había publicado una edición de la Corographia de Pomponio Mela, con un prefacio en el que manifestaba su opinión de que la tierra hallada 45º al oeste era llamada «India» de manera abusiva por algunos. Y poco después, Rodrigo de Santaella, fundador de la Universidad de Sevilla, había escrito una introducción a la obra de Marco Polo en la que insistía en que las tierras descubiertas por Colón no eran la India. Otros testimonios similares coexistieron con éstos por aquellas fechas.

Tras muchas vicisitudes, la flota quedó lista para la partida. Colón logró finalmente conseguir tripulación suficiente para el viaje cuando los monarcas promulgaron el perdón para los delincuentes que no hubiesen cometido delitos especialmente graves y quisiesen enrolarse en la expedición.

La expedición se dividió en dos grupos. Dos de las ocho naves que componían la flota partieron para el Nuevo Mundo en febrero de 1498, llevando diferentes pertrechos. Y el resto inició la singladura el 30 de mayo de 1498 desde Sanlúcar de Barrameda. La ruta seguida en esta ocasión fue un tanto extraña. Quizá para burlar a una armada francesa, las naves se dirigieron primero hacia las islas Madeira. De allí pusieron rumbo a las Canarias, donde la flota volvió a dividirse, pues tres carabelas se dirigieron directamente a La Española y Colón con dos carabelas más y una nao marcharon más al sur, hasta las islas Cabo Verde, desde donde partieron hacia el Nuevo Mundo, llegando el 4 de agosto a la altura de la desembocadura del Orinoco.

En un primer momento, al llegar a estas nuevas tierras, Colón pensó que eran islas, pero pronto dedujo que formaban parte de una masa continental porque ninguna isla podía alimentar el caudal de un río como el Orinoco. Sin embargo, otras preocupaciones -y quizá también problemas de salud- marcaron su rumbo en estos momentos y le llevaron a poner proa hacia La Española.

A su llegada, comprobó que su larga ausencia había complicado aún más la situación. Su hermano Bartolomé, como adelantado, tuvo que hacer frente a una sublevación capitaneada por Francisco Roldán; una rebelión que aún coleaba cuando el Almirante llegó y que tuvo que zanjar firmando una humillante capitulación en la que se sometía a las exigencias del cabecilla.

La firma de esta desventajosa concordia abrió un nuevo período en la historia de la conquista y explotación del Nuevo Mundo, pues dio pie al reparto de tierras entre los colonos, les concedió el derecho a utilizar a los indios para realizar trabajos forzados en el laboreo de las tierras y el trabajo en las minas (lo que ha sido considerado como el más directo precedente de la encomienza), y les dio libertad para proceder a la extracción de oro.

Colón tuvo que enfrentarse con otras sublevaciones de menor entidad, las cuales sometió ejecutando a sus cabecillas. Pero ante el progresivo deterioro de su posición, acabó solicitando a los Reyes Católicos el envío de un juez especial (lo que equivalía a reconocer su impotencia para dominar las disidencias).

No obstante, antes de recibir la petición del Almirante, los monarcas ya habían decretado dicha medida; decidieron nombrar juez pesquisidor a Francisco de Bovadilla, comendador de Calatrava, quien todavía tardó algún tiempo en iniciar un viaje que le llevó a Santo Domingo el 24 de agosto de 1500.

A su llegada, Bovadilla destituyó a Colón y a sus hermanos de sus cargos. Confiscó todos los bienes del descubridor y le sometió a proceso sin darle posibilidad de defenderse, acusándole de tiranía y malos tratos contra los colonos. Los Colón llegaron a temer por sus vidas, pero finalmente fueron embarcados hacia Castilla, cargados de grilletes. Entretanto, Bovadilla accedió a todas las peticiones de los rebeldes: dio plena libertad para buscar oro, vendió tierras e hizo «generosos» repartimientos de indios.

Los Reyes Católicos desautorizaron semejantes medidas y la dureza utilizada contra Colón. Decidieron destituir a Bovadilla, nombrando en su lugar a Nicolás de Ovando. Y aprovecharon la coyuntura para retirarle a Colón la mayor parte de sus prerrogativas. De todas formas, para entonces el marino ya había perdido el monopolio de los descubrimientos, pues en 1499 los monarcas autorizaron distintas expediciones que estudiaremos más adelante bajo el epígrafe de los viajes menores o andaluces.

Un postrer viaje

No parece que Colón desease volver al Nuevo Mundo, sobre todo, porque sus achaques le molestaban cada vez más. Tras la vuelta de su tercer periplo, se dedicó a reivindicar sus derechos ante los reyes y a redactar el Libro de las Profecías, que refleja toda su mentalidad mesiánica.

Sin embargo, quizá los últimos logros portugueses – la llegada de Vasco de Gama a la India y el descubrimiento del Brasil por Cabral- le hicieron cambiar de actitud y le movieron a planificar su cuarta y última travesía del Atlántico, un viaje lleno de incidentes. Colón contó de nuevo con el patrocinio de los monarcas para una empresa cuyo objetivo sería la búsqueda por la zona del istmo de un paso hacia la Tierra de las Especias.

Colón empezó a preparar la expedición en octubre de 1501. Contó con cuato carabelas y unos 140 tripulantes, que salieron de Sevilla el 13 de abril de 1502 y tocaron tierra al otro lado del Atlántico el 15 de junio siguiente. Las instrucciones reales eran explícitas: prohibición de desembarcar en La Española, realizar un viaje rápido de exploración, tomando posesión de las tierras descubiertas, y evitar todo tráfico particular y la captura de esclavos.

Colón viajó por Santo Domingo y el sur de Cuba. Partió hacia el sudeste en busca de lo desconocido y llegó a la isla de Guanaja, en el golfo de Honduras, donde los presagios no pudieron ser mejores. Encontraron una gran canoa de comerciantes, de una cultura mucho más desarrollada que las conocidas hasta entonces. Pero en lugar de dirigirse al norte, lo que le hubiera llevado al Yucatán y México, y le hubiese hecho entrar en contacto con los mayas y los aztecas, Colón siguió al sudeste por las costas de las actuales Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá.

No encontró el ansiado estrecho y aunque recogió noticias que le hicieron pensar que se encontraba ante un istmo poco amplio que daba paso a otro gran mar, Colón siguió pensando en la proximidad de Asia.

El viaje fue penoso por las frecuentes tormentas. Y más angustioso aún fue el regreso, pues a las tempestades se unió el problema de la perforación del casco de los navíos por un molusco de las aguas tropicales. Pese a la prohibición de los reyes, Colón puso proa hacia Santo Domingo, dado el lamentable estado de las naves, de la tripulación y su propio estado de salud, bastante delicado. No pudo llegar, empero, a La Española y tuvo que improvisar un asentamiento provisional en la bahía de Santa Gloria, en el norte de Jamaica, el 24 de junio. Allí, la situación llegó a ser crítica. Algunos expedicionarios lograron llegar a La Española en canos de indios. Pero, enterado de las penurias de Colón y su expedición, el gobernador Ovando se negó a proporcionarle medios para el regreso. Mientras tanto, Colón tuvo que hacer frente en Jamaica a la creciente hostilidad de los indígenas y a la sublevación de la mitad de sus hombres. Al cabo, el 29 de junio de 1504 los supervivientes lograron abandonar la isla y llegar poco después a La Española, arribando finalmente a Sanlúcar el 7 de noviembre de 1504.

El cuarto y último viaje fue, por lo tanto, el más azaroso de los que emprendió Colón. El incumplimiento de los objetivos, las dificultades del viaje y la propia delicada salud del Almirante explican las amargas palabras contenidas en una carta a su hijo Diego, escrita al poco de llegar:

«He servido a Sus Altezas con más diligencia y amor que los que pudiera haber empleado en ganar el Paraíso; y si en algo fallé fue porque era imposible o estaba más allá de mis conocimientos y poder. Dios Nuestro Señor, en tales casos, no pide a los hombres más que buena voluntad».

Desde ese momento, Colón vivió marginado de cualquier empresa ultramarina.

A modo de balance, cabe plantear cuál fue la aportación realizada por Colón y si se puede considerar como el descubridor de América. No se cuestiona que Colón fue el que estableció el contacto irreversible entre el Viejo y el Nuevo Mundo sino que el tema de discusión es si él llegó a tomar conciencia de que se encontraba ante un nuevo continente o si siempre se aferró a la idea de que había llegado al Extremo Oriente descrito por Marco Polo o, cuando menos, a unas islas situadas en sus proximidades.

Según José Luis Comellas, lo importante es lo que descubrió Colón, no lo que creyó haber descubierto. Si no fuese así, no tendría sentido la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América en 1992. Colón hizo una serie de interesantes observaciones de carácter astronómico a las cuales se les ha prestado una menor atención:

-En cuanto a la estimación de la latitud, Colón cometió graves errores en su primer viaje, impropios de un marino de la época y quizá atribuibles al hecho de que no utilizase correctamente el tosco instrumental disponible. No obstante, en los posteriores viajes fue afinando mucho sus cálculos, observando la digresión de la Polar, por lo que Colón acertó con una precisión que no sería superada por marino alguno hasta la invención del sextante.

-Menos fortuna tuvo Colón a la hora de estimar las longitudes por fenómenos naturales sincrónicos. En dos ocasiones lo intentó a través de sendos eclipses de luna, pero los resultados fueron muy erróneos, aunque menos de lo que en ocasiones se le achaca.

-Asimismo, en su primer viaje, Colón descubrió la declinación magnética, aunque entonces no llegó a tener una clara conciencia de su variación en función de la longitud geográfica. No obstante, en el regreso de su segundo viaje, en mayo de 1496, sí tomó cumplida cuenta de esta variación, de manera que pudo saber aproximadamente dónde estaba comparando simplemente la dirección de la estrella y la de la aguja magnética.

-Realizó importantes observaciones sobre vientos y mareas. Fue el primero en describir las calmas tropicales y los ciclones, y observó las diferencias de las mareas respecto a Europa.

Colón vivió sus últimos días en una situación precaria, hasta que murió en Valladolid el 20 de mayo de 1506.